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La ciencia no deja de asombrarnos con nuevos descubrimientos insospechados. En el podcast Ciencia Fresca, Jorge Laborda Fernández y Ángel Rodríguez Lozano discuten con amenidad y, al mismo tiempo, con profundidad, las noticias científicas más interesantes de los últimos días en diversas áreas de la ciencia. Un podcast que habla de la ciencia más fresca con una buena dosis de frescura.
Dos formas de agua líquida
Ángel Rodríguez Lozano nos invita a imaginar situaciones en las que el agua nos sorprende con comportamientos inesperados. Uno de ellos llevó a pensar que no existe una única forma de agua en estado líquido, sino dos. Algunos científicos lo habían predicho teóricamente, pero las dificultades para comprobarlo experimentalmente eran tan grandes que nadie había conseguido observarlo… hasta ahora. Gracias a un experimento ingenioso, un equipo de investigadores lo ha logrado.
Imagina esto… un vaso de agua a veinte grados bajo cero. No es hielo, no está congelado, sigue siendo líquido. Parece imposible, pero no lo es. Existe, y tiene nombre: agua sobreenfriada. Y lo más sorprendente es que este extraño estado del agua podría revelar uno de los mayores secretos de la física moderna. Porque quizá el agua no sea un único líquido, quizá sean dos.
Estamos acostumbrados a pensar que el agua se congela a cero grados, pero eso no es del todo cierto. Para congelarse, el agua necesita un punto de partida: una impureza, una pequeña partícula, una superficie. Si no lo tiene, puede seguir siendo líquida a temperaturas muy por debajo de cero, hasta menos cuarenta grados. Y esto no es solo teoría. Quizá hayas visto algún vídeo: una botella de agua muy fría que parece normal, pero la golpeas ligeramente y, de repente, se convierte en hielo en cuestión de segundos. No es magia, es agua sobreenfriada esperando una excusa.
Este fenómeno ocurre más cerca de lo que pensamos. Una lata de refresco olvidada en el congelador puede empezar a granizarse justo al abrirla. O algo aún más impresionante y peligroso: la lluvia helada. Gotas de agua líquida que están por debajo de cero, pero no congeladas, hasta que tocan el suelo y entonces se transforman en hielo al instante. Carreteras, árboles, coches… todo queda cubierto por una capa de hielo transparente. Incluso en el cielo ocurre. Los aviones atraviesan nubes llenas de gotas sobreenfriadas y, cuando esas gotas impactan en las alas, se congelan inmediatamente. Por eso los aviones tienen sistemas de deshielo.
Pero todo esto es solo la superficie del problema. Porque cuando el agua entra en este estado empieza a comportarse de forma extraña: su densidad cambia, se vuelve más compresible y necesita más energía para calentarse. Es como si en su interior algo estuviera reorganizándose. Y aquí aparece una idea fascinante: el agua podría tener dos formas de ser líquida.
A nivel microscópico, las moléculas pueden organizarse de dos maneras: una forma compacta, más densa, y otra forma abierta, más ordenada, parecida al hielo. Dos estructuras distintas, dos líquidos posibles. Normalmente están mezclados, pero cuando el agua se enfría esa mezcla empieza a cambiar.
Los científicos creen que estas dos formas podrían separarse, como el agua líquida y el vapor, y que existe un punto especial donde ambas se vuelven indistinguibles: el punto crítico líquido-líquido.
El problema es que todo esto ocurre en condiciones extremas, muy frías, donde el agua se congela casi instantáneamente, en microsegundos, demasiado rápido para observarla. Por eso esta región se llama la tierra de nadie del agua.
Hasta ahora. Porque recientemente, un grupo de investigadores ha conseguido observar el agua justo antes de congelarse. Parten de formas especiales de hielo y las calientan con láser. Durante unos nanosegundos se convierten en líquido, y en ese instante lo observan. Es como hacer una foto a algo que desaparece inmediatamente.
Y lo que han visto encaja con la teoría. A veces, el cambio es brusco, otras veces es continuo, justo lo que se espera cerca de un punto crítico. Además, el agua entra en un estado muy peculiar: no es ni una cosa ni otra, sino ambas. Regiones microscópicas que cambian constantemente. Y ocurre algo clave: puedes añadir energía y la temperatura apenas sube. El sistema absorbe energía sin calentarse, una señal clara de que estamos cerca de algo especial.
Todo esto cambia nuestra forma de ver algo cotidiano. Porque fenómenos como una botella que se congela al instante, un refresco que se vuelve granizado o la lluvia que se convierte en hielo al tocar el suelo no son curiosidades aisladas. Son pistas.
Pistas de que el agua, esa sustancia aparentemente simple, esconde un comportamiento mucho más profundo. Quizá dos líquidos en uno. Y ahora, por primera vez, estamos empezando a verlo.
Referencia:
Seonju You et al.Experimental evidence of a liquid-liquid critical point in supercooled water.Science391,1387-1391(2026).DOI:10.1126/science.aec0018
Verdad, mentira y pertenencia: el sesgo partisano no se cura solo con datos
Jorge Laborda explica que uno de los rasgos más inquietantes de nuestro tiempo es que nunca habíamos estado tan rodeados de información y, sin embargo, quizá nunca nos había resultado tan difícil orientarnos en ella. Redes sociales, medios digitales, vídeos, mensajes reenviados, titulares alarmantes, opiniones disfrazadas de hechos: la circulación de información es hoy tan inmensa que distinguir lo verdadero de lo falso se ha convertido no ya en una habilidad conveniente, sino en una condición necesaria para la salud de las sociedades democráticas.
Sería injusto, no obstante, concluir que los ciudadanos son completamente incapaces de discriminar entre verdad y mentira. La psicología experimental indica más bien lo contrario: en general, las personas solemos desenvolvernos razonablemente bien en esa tarea. Pero nuestra mente no juzga en el vacío. Hay interferencias, inclinaciones, fidelidades, y entre ellas destaca una especialmente corrosiva: el llamado sesgo partisano.
Este sesgo consiste, en esencia, en una tendencia a aceptar con mayor facilidad la información que favorece a nuestro grupo, nuestras simpatías o nuestras convicciones, y a mirar con recelo la que las perjudica, incluso cuando la primera es falsa y la segunda es verdadera. No hablamos, por tanto, solo de ignorancia. Hablamos de algo más incómodo: de la capacidad de la identidad para inclinar el juicio.
La existencia de este fenómeno está bien establecida. Lo que sigue en discusión es su mecanismo profundo. ¿Nos sesgamos porque estamos motivados a proteger a “los nuestros”, esto es, por una forma de razonamiento motivado? ¿O se trata, simplemente, de que distintos grupos reciben informaciones distintas y acaban formando creencias diferentes a partir de ese desigual reparto del conocimiento? Esa es la oposición entre la hipótesis de la protección de la identidad y la del conocimiento diferencial.
El problema es que los estudios previos no lograban separar bien ambas posibilidades, porque trabajaban con grupos reales, ya formados de antemano, como partidos políticos o comunidades ideológicas. Pero si los grupos ya existen, ya existen también sus historias, sus relatos, sus medios afines y sus sesgos de información. Así, lo que parecía un experimento era en parte una autobiografía cognitiva condensada.
Por eso resulta tan ingenioso el diseño del trabajo de Hubeny, Nahon y Gawronski. En lugar de estudiar identidades previas, asignaron al azar a los participantes a grupos artificiales, como Equipo España, Equipo Grecia o ningún grupo. Antes les hicieron un falso test de personalidad, una escenografía mínima destinada a despertar una sensación de pertenencia. Después les pidieron que juzgaran afirmaciones favorables a España o a Grecia como verdaderas o falsas. Si aparecía sesgo en esas condiciones, ya no podría atribuirse al conocimiento previo. Y apareció. Los participantes tendían a aceptar con más facilidad lo favorable al grupo que les había tocado y a desconfiar de lo desfavorable.
La conclusión es importante, y también algo perturbadora. No basta con suponer que todo se arreglaría si todos compartiéramos los mismos hechos. Incluso con información comparable, la identidad puede seguir empujando el juicio en direcciones opuestas. Como señalan los autores, no se trata solo de “tener los datos”.
Tal vez no debería sorprendernos del todo. Durante una larguísima historia evolutiva, sobrevivir significó pertenecer a un grupo y no ser expulsado de él. Quizá esa necesidad dejó una huella profunda en nuestra psicología. El problema es que una mente moldeada para la lealtad tribal en pequeños grupos puede resultar peligrosamente inadecuada en un mundo hipertecnológico, saturado de información y armado con instrumentos de destrucción sin precedentes. Lo que un día pudo ayudar a sobrevivir puede hoy ayudarnos, tristemente, a destruirnos.
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