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Las mentes más claras de la historia han ido tejiendo poco a poco la intrincada tela de araña del conocimiento científico. De aquellos y aquellas que destacaron por encima de otros hablamos aquí. Con una frecuencia quincenal, les ofreceremos la biografía de un gran sabio escrita por Carmen Buergo. Todas ellas se van sumando a nuestro podcast Ciencia y Genios.
Desde tiempo inmemorial, los seres humanos han observado que la vida surge aparentemente de la nada, como por arte de magia. Los antiguos egipcios veían como el Nilo inundaba sus tierras secas cada año y del lodo salían ranas y peces. Para ellos estaba claro el origen: surgían del barro. En la Europa medieval, se almacenaba el grano en silos y los ratones no tardaban en aparecer, según la creencia popular, nacían de los granos húmedos. Y siempre se ha visto que en la carne fresca no tardan en aparecer gusanos, que las plantas se llenan de piojos y pulgones que, a decir de algunos, nacían de las gotas de rocío, etc. La vida parecía surgir de la materia inerte, por generación espontánea.
Aristóteles lo dejó escrito muy claro: “Esto sucede en las charcas, especialmente cerca de Knidos, donde en una ocasión, se secaron y se retiró todo el barro. Cuando llegaron las primeras lluvias, el agua comenzó a llenarlas de nuevo e, inmediatamente, aparecieron pequeños peces (…) Esta evidencia nos enseña que ciertos peces se producen espontáneamente y no proceden de los huevos ni de la cópula. “.
Así lo creía Aristóteles y, como él, una larga cohorte de sabios como Santo Tomás de Aquino y el mismísimo Newton. La generación espontánea fue admitida como válida hasta 1668. Aquel año, el médico italiano Francesco Redi decidió comprobar si realmente nacían de forma espontánea los gusanos de la carne podrida. Colocó trozos de carne en distintos tarros de cristal, cubrió algunos con una fina tela y dejó otros sin cubrir. Los gusanos sólo surgieron en la carne de los tarros descubiertos, donde las moscas pudieron poner sus huevos.
La generación espontánea de los organismos visibles quedó descartada, pero no así la de los microorganismos que escapan a ojo desnudo. El microscopio reveló un mundo de criaturas diminutas y dejó claro que éstas no tenían ningún problema para poblar, con toda clase de bacterias y hongos microscópicos, la carne colocada en tarros cerrados.
Otro italiano, Lazzaro Spallanzani, asestó un nuevo golpe a la generación espontánea. Dispuso varios tarros con trozos de pan en su interior, unos tarros los dejó abiertos y otros los hirvió y cerró para matar los organismos presentes. Éstos últimos se mantuvieron estériles. Así pues, concluyó Spallanzani, la vida microscópica tampoco se genera espontáneamente. Aun así, los defensores de la generación espontánea seguían erre que erre. Para ellos, la ebullición no había destruido la vida sino algún producto inerte o “principio vital” que servía de base para la aparición de la vida.
En 1860 la discusión entre defensores y detractores de la generación espontánea había subido de tono hasta tal punto que la Academia de las Ciencias de París ofreció un premio para los experimentos que lograran aclarar la cuestión. El premio fue reclamado por Louis Pasteur.
Louis Pasteur decidió atacar el problema de una vez por todas. Comenzó por diseñar un serie de matraces con una forma muy curiosa (algunos se conservan todavía en el Instituto Pasteur de París). Su base esférica y cargada de líquido terminaba en cuello de cisne, es decir, uno tubo de vidrio muy fino y alargado que se curvaba permitiendo el paso de oxígeno, necesario para la vida según se pensaba, pero impedía el paso de bacterias y otros microorganismos. Pasteur mostró que si se hervía el líquido del matraz, dejando intacto el cuello, no aparecía ningún microbio, pero si el cuello se rompía, los microorganismos entraban en tropel y contaminaban la muestra.
El sabio presentó sus resultados durante una velada científica en la Sorbona y, ante lo más selecto de la comunidad científica de París, sentenció: “Nunca la doctrina de la generación espontánea se recuperará del golpe mortal que le asestó este simple experimento”.
Tan fuerte fue el golpe que, durante muchos años, nadie se atrevió a hacer la pregunta más intrigante y difícil de responder: Si la vida engendra vida ¿cómo surgió el primer ser vivo?
Escuchen ustedes la biografía de Pasteur.
Humor y Ciencia
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