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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.
Hace 26 millones de años emergieron las primeras islas Mascareñas, un archipiélago volcánico situado en el océano Índico, unos mil kilómetros al este de Madagascar. Entre los primeros pobladores de las islas, procedentes del sudeste asiático, llegaron varias especies de palomas. Con el paso del tiempo, aisladas y sin enemigos naturales, algunas de esas palomas crecieron y perdieron la capacidad de volar. Así apareció el dodo (Raphus cucullatus) de la isla Mauricio.
El dodo era un ave de color terroso del tamaño de un pavo. Vivía en los bosques de la isla Mauricio, donde se alimentaba de frutos y semillas, que abría con su fuerte pico ganchudo. Durante la estación húmeda se atiborraban de alimento y acumulaban reservas para la estación seca, cuando el alimento escaseaba. También tragaban piedras para ayudar a la digestión.
En el siglo XVI y XVII, tras el descubrimiento de la isla por los portugueses, algunos dodos fueron llevados a Europa como curiosidad. Acostumbrados a acumular reservas en épocas de abundancia de alimento, los ejemplares engordaban desmesuradamente, lo que dio al ave una fama de torpe y rechoncha. Pero en realidad, en su medio natural, los dodos no eran tan obesos como se los ha representado tradicionalmente.
Con la llegada de los holandeses a la isla en 1638, comenzó el declive de los dodos. Como carecían de enemigos naturales, eran unas aves muy confiadas y fáciles de capturar, aunque a veces se defendían a picotazos. Los marinos holandeses los cazaban para abastecerse de carne. Además, la introducción en la isla de cerdos, monos, perros, gatos y ratas, que se alimentaban de sus huevos, y la destrucción de su hábitat, hicieron que a finales del siglo XVII ya no quedara ningún dodo vivo.
No está claro el origen del nombre del dodo. No se sabe si procede del portugués (doudo o doido, que significa “estúpido”), del neerlandés (dodoor, “holgazán”, o dodaers, “culo gordo”), o si se trata simplemente de una onomatopeya de la voz del ave, doo-doo.
Hasta 1755 se conservaba en el Museo Ashmoleano de Oxford un dodo disecado. Ese año, debido al lamentable estado de conservación del animal, el conservador del museo lo tiró a la basura, y sólo guardó la cabeza y las patas. Estos restos, que se encuentran expuestos en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford, son las únicas muestras de tejidos blandos de dodo que se conservan en la actualidad.
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