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Ciencia Fresca

La ciencia no deja de asombrarnos con nuevos descubrimientos insospechados. En el podcast Ciencia Fresca, Jorge Laborda Fernández y Ángel Rodríguez Lozano discuten con amenidad y, al mismo tiempo, con profundidad, las noticias científicas más interesantes de los últimos días en diversas áreas de la ciencia. Un podcast que habla de la ciencia más fresca con una buena dosis de frescura.

Perlado de las mitocondrias. Origen oculto de las estelas de los aviones.

Perlado mitocondrial y estelas. Ciencia Fresca podcast - Cienciaes.com

Perlado de las mitocondrias

Las mitocondrias suelen aparecer en los libros de texto descritas como las centrales energéticas de la célula. La expresión no es falsa, pero no lo explica todo. Las mitocondrias son, en realidad, mucho más que centrales energéticas: son auténticos centros de organización de la vida celular. Además de producir la gran mayoría del ATP, la moneda química que alimenta una inmensa cantidad de reacciones metabólicas, las mitocondrias también participan en la regulación del calcio, en la respuesta al estrés, en la producción de moléculas señalizadoras y, cuando es necesario, incluso en la decisión de que una célula muera o siga viva.
La fabricación de ATP en las mitocondrias se basa en uno de los principios más elegantes de la biología: la creación de un gradiente de protones, de iones de hidrógeno, a ambos lados de una membrana. La energía almacenada en esa diferencia es aprovechada por la ATP sintasa, una extraordinaria máquina molecular que funciona aprovechando la misma lógica que emplea una presa y sus turbinas, para generar ATP. Este proceso tiene lugar en la membrana interna mitocondrial, que no es lisa, sino que forma numerosos repliegues, las conocidas como crestas mitoconcriales, que aumentan enormemente la superficie disponible para la maquinaria energética y, con ello, su eficacia.
La historia de las mitocondrias es, además, una de las más fascinantes de la evolución. Todo indica que proceden de una antigua bacteria (de ahí la forma alargada similar a la de una bacteria que tienen las mitocondrias) que fue incorporada al interior de una célula ancestral emparentada con las arqueas. Aquella asociación, que terminó convirtiéndose en una simbiosis interna estable, cambió el rumbo de la vida en la Tierra. Gracias a ella, la célula hospedadora ganó una capacidad energética muy superior, algo que debió de contribuir de manera decisiva a la aparición de organismos más grandes y complejos. Con el tiempo, la mayor parte de los genes de aquella bacteria original se perdieron o fueron transferidos al genoma nuclear. Sin embargo, la mitocondria conservó un pequeño genoma propio. En los seres humanos, ese genoma contiene 37 genes, entre ellos 13 que codifican proteínas esenciales para la producción de energía, además de RNAs indispensables para su expresión.
Ese DNA mitocondrial no se encuentra disperso al azar en el interior del orgánulo, sino que está empaquetado en estructuras llamadas nucleoides. Cada célula contiene un número variable de mitocondrias que suponen centenares o incluso miles de copias de DNA mitocondrial, y desde hace tiempo se sabía que esos nucleoides aparecen repartidos con una regularidad sorprendente a lo largo de las mitocondrias. Ese orden no es un detalle menor: de él dependen una correcta herencia del genoma mitocondrial y una distribución adecuada de su actividad genética. Lo sorprendente es que, pese a conocer desde hace años la existencia de ese espaciado regular, no se había logrado identificar con claridad el mecanismo capaz de generarlo y mantenerlo.
Un trabajo reciente publicado en la revista Science aporta ahora una explicación tan inesperada como bella. Los autores describen un fenómeno dinámico reversible llamado perlado mitocondrial. Durante este proceso, que ocurre varias veces por minuto, la mitocondria abandona de forma transitoria su aspecto tubular y adopta una morfología parecida a un collar de cuentas o a una ristra de salchichas. Lo notable es que este cambio no parece ser una simple rareza asociada al daño celular, sino un fenómeno fisiológico, frecuente y reversible, es decir, que aparece y desaparece. El perlado redistribuye los nucleoides, ayuda a separar agregados grandes en unidades menores y establece entre ellos una distancia notablemente regular. Todo indica, además, que el proceso puede activarse por la entrada de calcio en la mitocondria y que está modulado por la arquitectura de las crestas internas.
Los autores sugieren que el perlado de las mitocondrias aprovecha una propiedad física de las membranas, semejante a la inestabilidad de Rayleigh-Plateau, para mantener en orden su “segundo genoma”. Esta inestabilidad es la que explica por qué un chorro largo de líquido no se mantiene estable, sino que se rompe en una serie de gotas.
Esto sucede porque la superficie del líquido está sometida a tensión superficial, y esa tensión tiende a hacer que el líquido adopte la forma que menos superficie tenga para un mismo volumen. Esta forma es, aproximadamente, la esfera. En nuestro día a día, esta inestabilidad aparece manifiesta normalmente en las fuentes de agua.
La idea de que una inestabilidad física es aprovechada para generar un orden en el interior mitocondrial es especialmente sugerente: la biología no solo construye con genes y proteínas; la geometría, la forma y las tensiones que se pueden generar también cuentan. El perlado de las mitocondrias en el interior de nuestras células nos recuerda que el orden de la vida surge de las leyes de la física y de la química.

El origen oculto de las estelas de los aviones

Cada día, miles de aviones cruzan el cielo dejando tras de sí finas líneas blancas. A simple vista parecen efímeras, pero en muchos casos esas estelas no desaparecen: se expanden, se transforman y acaban convirtiéndose en nubes altas, similares a los cirros naturales. Estas nubes artificiales forman parte del impacto climático de la aviación y, durante años, se pensó que su origen estaba bien entendido. Hoy sabemos que no es así.
Las estelas de condensación se forman cuando los gases calientes y húmedos expulsados por los motores reaccionan con el aire extremadamente frío de la atmósfera superior, a unos 8 o 12 kilómetros de altitud. En esas condiciones, el vapor de agua se enfría rápidamente, se condensa y se congela en forma de diminutos cristales de hielo. Si el aire es seco, la estela desaparece en segundos. Pero si la atmósfera está lo suficientemente húmeda, puede persistir durante horas y evolucionar hacia una nube extensa.
Estas nubes no son inocuas. Aunque reflejan parte de la radiación solar, también atrapan el calor que emite la superficie terrestre. El resultado es un efecto neto de calentamiento. De hecho, se estima que el impacto climático de las estelas puede ser comparable al del dióxido de carbono emitido por la aviación, al menos a corto plazo.
Durante décadas, la explicación dominante parecía clara: el factor clave en la formación de estas nubes era el hollín. Estas pequeñas partículas de carbono, generadas durante la combustión del combustible, actúan como núcleos sobre los que se forman los cristales de hielo. Según esta idea, más hollín implicaba más cristales y, por tanto, estelas más intensas.
Esta visión llevó a una estrategia lógica: reducir el hollín. Los motores modernos, conocidos como de combustión pobre, están diseñados para mezclar mejor el aire y el combustible, lo que reduce drásticamente la formación de estas partículas. En condiciones de vuelo, pueden emitir hasta mil veces menos hollín que los motores tradicionales. Todo apuntaba a que esto disminuiría también la formación de estelas.
Sin embargo, faltaba una pieza clave: medir directamente qué ocurre en condiciones reales de vuelo.
Un equipo de investigadores abordó este problema con una estrategia poco habitual: seguir a un avión comercial con otro avión de investigación altamente instrumentado. En este caso, un Airbus A321neo fue acompañado por un Falcon equipado con sensores capaces de analizar tanto las emisiones del motor como las estelas formadas varios kilómetros detrás.
Aunque las emisiones de hollín se redujeron en tres órdenes de magnitud en modo de combustión pobre, el número de cristales de hielo en las estelas se mantuvo elevado. De hecho, en algunos casos superaba ampliamente el número de partículas de hollín medidas. Esto indicaba que algo más estaba actuando como núcleo de formación de hielo.
La clave está en las llamadas partículas volátiles. A diferencia del hollín, estas no se emiten directamente como partículas sólidas, sino que se forman en la propia estela cuando los gases calientes del motor se enfrían rápidamente al mezclarse con la atmósfera. Entre ellas se encuentran los sulfatos derivados del azufre del combustible, compuestos orgánicos y vapores procedentes del aceite lubricante del motor.
Cuando el hollín es abundante, estas partículas compiten con él y su papel es secundario. Pero cuando el hollín es escaso —como ocurre en los motores modernos—, las partículas volátiles pasan a dominar el proceso. En ese escenario, son ellas las que actúan como núcleos sobre los que se forman los cristales de hielo.
Los datos muestran que el número total de partículas —incluyendo tanto hollín como volátiles— se correlaciona mucho mejor con la cantidad de hielo que se forma en la estela. Esto supone un cambio importante respecto a la teoría clásica.
Además, la composición del combustible juega un papel fundamental. El estudio observó que los combustibles con menor contenido de azufre generan menos cristales de hielo, lo que sugiere que los sulfatos son un factor clave en la formación de estas partículas volátiles. Sin embargo, incluso con niveles muy bajos de azufre, otros compuestos —como los vapores orgánicos o el aceite lubricante— pueden seguir contribuyendo al proceso.
En otras palabras, reducir el hollín no elimina el problema: simplemente cambia el mecanismo dominante.

Este descubrimiento tiene implicaciones importantes. Por un lado, sugiere que los modelos climáticos actuales podrían estar subestimando el impacto de las estelas, ya que muchos de ellos no tienen en cuenta la formación de hielo sobre partículas volátiles. Por otro, indica que las estrategias para reducir el impacto climático de la aviación deben ser más amplias.
No basta con diseñar motores más limpios. También es necesario considerar la composición del combustible, el contenido de azufre y los procesos asociados al aceite lubricante. Incluso aspectos de diseño del motor, como la ventilación de estos aceites, podrían influir en la formación de estelas.
Además, existen soluciones operativas. Cambios pequeños en la altitud de vuelo pueden evitar regiones de la atmósfera donde las estelas persisten, reduciendo significativamente su impacto con un coste relativamente bajo en consumo de combustible.
Las estelas de los aviones son un ejemplo perfecto de cómo funciona la ciencia. Durante años pensamos que comprendíamos el problema y desarrollamos soluciones basadas en ese conocimiento. Pero nuevas observaciones han revelado una realidad más compleja.
Lo que vemos como una simple línea blanca en el cielo es, en realidad, el resultado de una interacción delicada entre tecnología, química atmosférica y física de nubes. Comprender estos procesos en detalle es esencial para avanzar hacia una aviación más sostenible.
Porque, a veces, al resolver un problema… descubrimos que en realidad había otro escondido detrás.

Referencia:
Voigt, C., Märkl, R., Sauer, D. et al. Substantial aircraft contrail formation at low soot emission levels. Nature 652, 112–118 (2026). https://doi.org/10.1038/s41586-026-10286-0


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