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La ciencia no deja de asombrarnos con nuevos descubrimientos insospechados. En el podcast Ciencia Fresca, Jorge Laborda Fernández y Ángel Rodríguez Lozano discuten con amenidad y, al mismo tiempo, con profundidad, las noticias científicas más interesantes de los últimos días en diversas áreas de la ciencia. Un podcast que habla de la ciencia más fresca con una buena dosis de frescura.

Los kraken reales del Cretácico. Fábricas vivas de anticuerpos.

Kraken y Linfocitos B - Ciencia fresca - Cienciaes.com

Los kraken reales del Cretácico.

Durante siglos, los marineros hablaron de criaturas gigantescas ocultas bajo las aguas: monstruos con enormes tentáculos capaces de envolver barcos y arrastrarlos hacia las profundidades. Aquellas historias dieron origen al mito del kraken, una leyenda que parecía pertenecer únicamente al terreno de la imaginación. Sin embargo, un sorprendente estudio publicado recientemente en la revista Science sugiere que los océanos del pasado sí estuvieron habitados por criaturas semejantes. No eran monstruos mitológicos, pero sí pulpos gigantescos que pudieron rivalizar con los grandes depredadores marinos del Cretácico.
Hace entre 100 y 72 millones de años, durante el Cretácico Superior, los mares estaban dominados por enormes reptiles marinos como los mosasaurios y plesiosaurios, además de tiburones de gran tamaño. Durante mucho tiempo, los científicos pensaron que esos vertebrados ocupaban en exclusiva la cima de la cadena alimentaria marina. Los invertebrados, como los pulpos y calamares, eran considerados simplemente presas o depredadores secundarios. Sin embargo, este nuevo trabajo cambia radicalmente esa visión.
El principal problema para estudiar la evolución de los pulpos es que apenas dejan fósiles. A diferencia de otros animales marinos, no poseen huesos ni grandes conchas mineralizadas. Sus cuerpos blandos desaparecen rápidamente tras la muerte y, por ello, el registro fósil de estos animales es extremadamente escaso. En muchos casos, lo único que se conserva es una pequeña estructura quitinosa: el pico o mandíbula, similar al de un loro.
Precisamente esas mandíbulas son las protagonistas del estudio dirigido por Shin Ikegami y sus colegas de la Universidad de Hokkaido, en Japón. Los investigadores desarrollaron una novedosa técnica denominada “minería digital de fósiles”, que permite reconstruir fósiles ocultos dentro de la roca con un detalle extraordinario. El método consiste en eliminar capas ultrafinas de sedimento mientras se toman miles de fotografías de alta resolución. Después, todas las imágenes se ensamblan digitalmente para obtener modelos tridimensionales extremadamente precisos. Gracias a esta técnica, el equipo pudo analizar mandíbulas fósiles de antiguos cefalópodos con un nivel de detalle nunca antes alcanzado.
Los investigadores estudiaron un total de 27 mandíbulas fósiles procedentes de Japón y de la isla de Vancouver. Tras revisarlas, identificaron dos especies principales de pulpos con aletas pertenecientes al grupo Cirrata: Nanaimoteuthis jeletzkyi y Nanaimoteuthis haggarti. Y ahí llegó la gran sorpresa. Las estimaciones de tamaño indican que estos animales podían alcanzar entre 7 y 19 metros de longitud total, rivalizando con algunos de los mayores reptiles marinos de su tiempo. En especial N. haggarti pudo convertirse en uno de los invertebrados más grandes que han existido jamás.
Lo más llamativo es que semejantes dimensiones fueron deducidas a partir de mandíbulas relativamente pequeñas. El pico de N. haggarti medía apenas unos 10 centímetros, una proporción comparable a la que presentan los calamares gigantes actuales. Sin embargo, en los cefalópodos existe una relación muy estrecha entre el tamaño de la mandíbula y la longitud corporal, lo que permite estimar con bastante precisión el tamaño total del animal.
Pero el verdadero interés del estudio no reside solo en el tamaño de estos pulpos, sino en lo que sus mandíbulas cuentan sobre su comportamiento. Los fósiles muestran un desgaste extremo: bordes redondeados, superficies pulidas, profundas grietas y numerosas fracturas. Ese tipo de deterioro aparece cuando un animal utiliza repetidamente su pico para triturar estructuras duras como conchas o huesos. Los investigadores compararon esas marcas con las observadas en pulpos modernos que se alimentan de crustáceos y moluscos de caparazón duro, y las similitudes eran evidentes.
Todo indica que estos gigantes del Cretácico eran depredadores activos capaces de capturar y desmembrar presas de gran tamaño. Sus largos brazos flexibles probablemente servían para envolver e inmovilizar a las víctimas antes de acercarlas a un pico sorprendentemente poderoso. De hecho, el desgaste acumulado en las mandíbulas de los ejemplares adultos es incluso mayor que el observado en cefalópodos modernos especializados en triturar conchas.
Otro detalle fascinante es que el desgaste no era simétrico. En ambas especies, el lado derecho de la mandíbula aparece más erosionado que el izquierdo. Esta asimetría podría indicar lateralización del comportamiento, algo parecido a ser diestro o zurdo. En los pulpos actuales, este tipo de lateralidad se relaciona con sistemas nerviosos complejos y un elevado nivel de inteligencia. Por ello, los autores sugieren que estos antiguos cefalópodos quizá ya poseían capacidades cognitivas avanzadas.
El descubrimiento también tiene implicaciones evolutivas profundas. Los pulpos actuales son animales extraordinarios: inteligentes, ágiles y capaces de cambiar de color y textura para camuflarse. Todas esas capacidades surgieron gracias a una evolución que apostó por abandonar las pesadas conchas externas y desarrollar cuerpos blandos y flexibles. Esa misma estrategia permitió mejorar la movilidad, la visión y probablemente la inteligencia. Según los investigadores, los gigantes del Cretácico representan una versión extrema de ese mismo modelo evolutivo.
Durante más de 370 millones de años, los grandes vertebrados dominaron los océanos como superdepredadores. Este estudio demuestra que, al menos en el Cretácico, algunos invertebrados también lograron ocupar ese nivel superior de la cadena alimentaria. Los pulpos gigantes no eran simples presas escondidas entre las sombras, sino participantes activos y dominantes en los ecosistemas marinos.
Quizá nunca sabremos exactamente cómo eran aquellos animales en vida. No tenemos fósiles completos de sus cuerpos, ni impresiones detalladas de sus tentáculos. Pero gracias a unas mandíbulas fósiles desgastadas por millones de mordiscos, hoy sabemos que criaturas similares a los legendarios kraken realmente surcaron los océanos de la Tierra mucho antes de que existieran los seres humanos.

Referencia:

Shin Ikegami et al. Earliest octopuses were giant top predators in Cretaceous oceans. Science392,406-410(2026). DOI:10.1126/science.aea6285

Fábricas vivas de anticuerpos. reprogramando el sistema inmunitario desde su origen.

Las células B del sistema inmunitario poseen una propiedad extraordinaria: son capaces de transformarse en auténticas factorías de producción de anticuerpos. Cuando reconocen un antígeno, se activan, proliferan en los centros germinales y se diferencian en células plasmáticas que pueden secretar miles de moléculas de anticuerpo por segundo durante largos periodos de tiempo. Esta capacidad ha despertado desde hace años una idea tan atractiva como desafiante: utilizar las células B como plataformas biológicas para producir proteínas terapéuticas.
Sin embargo, los intentos de modificar directamente células B maduras no han sido plenamente satisfactorios. Aunque es posible introducir en ellas genes que codifican anticuerpos específicos, la producción resultante suele ser limitada en el tiempo y difícil de amplificar. El problema de fondo es que estas células ya están en una fase relativamente avanzada de su desarrollo y no conservan toda la capacidad de expansión y renovación del sistema inmunitario.
El trabajo publicado recientemente en Science propone una solución conceptualmente más elegante: en lugar de modificar las células B, modificar las células madre hematopoyéticas de la médula ósea que las generan. Estas células madre son el origen de todas las células sanguíneas, incluidas las células B. Mediante técnicas de edición genética como CRISPR, los investigadores introducen en estas células madre genes que codifican anticuerpos específicos —por ejemplo, anticuerpos ampliamente neutralizantes frente al VIH— en el locus de inmunoglobulina.
El resultado es notable. Las células madre editadas dan lugar a nuevas células B que ya están programadas para producir el anticuerpo deseado. Pero lo más importante es que estas células no se comportan como simples productores pasivos: conservan la capacidad de responder a un antígeno. Tras la inmunización, estas células B se activan, proliferan y generan niveles elevados y duraderos de anticuerpos, que además pueden incrementarse mediante dosis de refuerzo, igual que ocurre en una respuesta inmunitaria natural .
Uno de los hallazgos más sorprendentes es que no es necesario modificar grandes cantidades de células madre. Un número muy reducido de células editadas es suficiente para generar niveles terapéuticos de anticuerpos. Esto refleja la enorme capacidad de amplificación del sistema inmunitario, en el que unas pocas células pueden dar lugar a poblaciones amplias tras la estimulación antigénica.
El estudio demuestra además que este enfoque es versátil. No solo permite producir anticuerpos frente al VIH, sino también frente a otros patógenos como el virus de la gripe o el parásito Plasmodium falciparum. Incluso es posible combinar distintas células madre editadas para producir varios anticuerpos simultáneamente, lo que podría ser clave para evitar la aparición de variantes resistentes.
Otro aspecto relevante es que las células B generadas a partir de estas células madre editadas mantienen funciones esenciales, como la capacidad de experimentar hipermutación somática, un proceso que permite afinar la afinidad de los anticuerpos durante la respuesta inmunitaria. Esto indica que no se trata de células artificiales disfuncionales, sino de elementos integrados en la dinámica normal del sistema inmunitario.
Más allá de la producción de anticuerpos, este enfoque abre la puerta a una idea más ambiciosa: utilizar el sistema inmunitario como una plataforma programable para la producción de proteínas terapéuticas en el organismo. En el futuro, podría imaginarse el diseño de células capaces de producir enzimas, factores de crecimiento o incluso hormonas en respuesta a estímulos controlados. Aunque todavía queda un largo camino por recorrer, este trabajo sugiere que estamos empezando a aprender a reprogramar uno de los sistemas biológicos más complejos para ponerlo al servicio de la medicina.

Referencias
Hartweger H, Ruprecht C, Yao KH, Laffont P, Lima Dos Reis G, Zhou P, Hägglöf T, Binet L, Loewe M, Hong JP, Xiao T, Sefik E, Hernandez B, Gazumyan A, Jankovic M, Seaman MS, Costa G, Nelson SA, Clark J, Kanatani S, Wilson PC, Krammer F, Levashina EA, Julien JP, Wardemann H, Sinnis P, Stamatatos L, Flavell RA, Nussenzweig MC. B lymphocyte protein factories produced by hematopoietic stem cell gene editing. Science. 2026 Apr 16;392(6795):eadz8994. doi: 10.1126/science.adz8994. Epub 2026 Apr 16. PMID: 41990179. https://doi.org/10.1126/science.adz8994


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