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La ciencia no deja de asombrarnos con nuevos descubrimientos insospechados. En el podcast Ciencia Fresca, Jorge Laborda Fernández y Ángel Rodríguez Lozano discuten con amenidad y, al mismo tiempo, con profundidad, las noticias científicas más interesantes de los últimos días en diversas áreas de la ciencia. Un podcast que habla de la ciencia más fresca con una buena dosis de frescura.

Pis, caca y evolución del coronavirus. La nube interestelar que atraviesa el Sistema Solar

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Pis, caca y evolución del coronavirus

Durante la pandemia de COVID-19 aprendimos muchas cosas nuevas. Una de ellas fue que las aguas residuales, esas que provienen de nuestros retretes bien usados, pueden contener una información valiosísima sobre la salud de una comunidad. En ellas acaban restos de lo que eliminamos de nuestro cuerpo, incluidos fragmentos del material genético de los virus que nos infectan. Por eso, analizar las aguas residuales permite saber si un virus está circulando en una población incluso si muchas personas no se hacen pruebas diagnósticas.
Hasta ahora, la vigilancia de SARS-CoV-2 en aguas residuales se ha basado sobre todo en medir la cantidad de RNA viral presente en una muestra. La idea es sencilla: si aumenta la concentración de RNA del virus en el agua residual es, probablemente, porque ha aumentado también el número de personas infectadas. Sin embargo, esta medida tiene limitaciones. No todas las personas infectadas eliminan la misma cantidad de virus; el material genético viral puede degradarse o persistir en las paredes de las tuberías; la lluvia y el caudal pueden diluir la muestra; y las distintas variantes del virus pueden comportarse de manera diferente frente al análisis que se efectúe.
Un nuevo estudio publicado en Science propone husmear las aguas residuales de otra manera. En lugar de preguntar solo cuánto virus hay, los investigadores preguntan también cuánta diversidad genética viral contienen las muestras. Es decir, no se limitan a medir la cantidad de coronavirus, sino que intentan estimar cuántas versiones genéticamente distintas del virus circulan en la comunidad.
La idea tiene mucho sentido evolutivo. SARS-CoV-2 es un virus de RNA. Cada vez que se replica, su genoma puede acumular mutaciones. Cuando hay pocas infecciones, hay menos replicación viral total y, por tanto, menos oportunidades para generar variantes. Pero cuando el virus se transmite intensamente entre muchas personas, se multiplica en muchos cuerpos al mismo tiempo. Cada infección se convierte entonces en un pequeño laboratorio evolutivo. Algunas mutaciones desaparecerán sin dejar rastro; otras, si confieren alguna ventaja al virus —o simplemente si viajan por azar con virus que se transmiten bien—, podrán propagarse y contribuir a la diversidad genética viral.
Investigadores de varias universidades de Syracusa y Albany, en Nueva York, analizaron 12.290 muestras de aguas residuales recogidas en el estado de Nueva York entre enero de 2023 y abril de 2025. Aplicaron tres formas de medir la diversidad genética: una basada en la diversidad de nucleótidos, llamada πww; otra basada en la entropía de Shannon, Hww; y una tercera basada en el número de linajes virales detectados mediante un programa llamado Freyja.
Los resultados fueron claros. La diversidad genética del virus en las aguas residuales se correlacionó fuertemente con los casos de COVID-19 y con las hospitalizaciones. De hecho, en muchos análisis se asoció con esos datos clínicos mejor que la simple concentración de RNA viral. Además, mostró cierta capacidad de anticipar las hospitalizaciones, en torno a una semana. La región más informativa fue una parte de la proteína Spike, llamada S1 NTD, aunque también se detectó diversidad elevada en genes implicados en la replicación del virus.
El hallazgo no significa que podamos predecir el futuro de una epidemia. La capacidad de anticipación fue modesta, de alrededor de una semana para las hospitalizaciones. Pero sí muestra algo muy importante: las aguas residuales no solo informan de cuánto virus hay en una población. También pueden revelar cómo de diversa y evolutivamente activa es la población viral que circula en ella.
El estudio demuestra que las alcantarillas pueden convertirse en un observatorio evolutivo de algunos microorganismos. Son, ciertamente, apartadas orillas donde no más clara la luna brilla, y donde definitivamente no se respira mejor, pero extraordinariamente útiles para vigilar no solo la presencia de los patógenos, sino también su cambio, su diversidad y quizá sus próximos movimientos.

Referencia: Hill et al. Genetic variability of SARS-CoV-2 in wastewater and associations with community transmission. Science 14 May 2026.

La nube interestelar que atraviesa el Sistema Solar

Hace millones de años, varias supernovas explotaron relativamente cerca del Sistema Solar y sembraron el espacio con elementos radiactivos. Uno de ellos es el hierro-60 un isótopo muy raro en la Tierra que funciona como una auténtica “huella dactilar” de antiguas explosiones estelares. Ahora, un nuevo estudio ha encontrado diminutas trazas de este material atrapadas en el hielo antártico, lo que sugiere que nuestro Sistema Solar atraviesa actualmente una región del espacio impregnada por restos de supernovas.
Los investigadores analizaron casi 300 kilogramos de hielo extraído en la Antártida oriental dentro del proyecto EPICA. Ese hielo conserva información atmosférica correspondiente al periodo comprendido entre hace 40.000 y 81.000 años. La elección de ese intervalo no fue casual: coincide con la posible entrada del Sistema Solar en la llamada Nube Interestelar Local, una nube de gas y polvo interestelar por la que el Sol está viajando actualmente.
Nuestro Sistema Solar no se mueve por un espacio vacío. El Sol atraviesa distintas regiones del medio interestelar mientras gira alrededor del centro de la galaxia. Actualmente nos encontramos dentro de un conjunto de pequeñas nubes conocido como Complejo de Nubes Interestelares Locales, situado dentro de una gran cavidad llamada Burbuja Local. Esta burbuja probablemente fue creada por múltiples explosiones de supernovas ocurridas hace entre 10 y 15 millones de años.
Los científicos sospechan que las pequeñas nubes interestelares cercanas podrían haberse formado precisamente por las ondas de choque generadas por esas supernovas. Si eso es cierto, dichas nubes deberían contener restos radiactivos como el hierro-60.
Este isótopo tiene una vida media de unos 2,6 millones de años, suficiente para sobrevivir durante largos viajes por el espacio antes de depositarse lentamente sobre la Tierra. Estudios anteriores ya habían encontrado hierro-60 en sedimentos oceánicos, costras minerales e incluso en muestras lunares, indicando que varias supernovas cercanas afectaron al Sistema Solar hace entre 2 y 7 millones de años.
El nuevo estudio se centra en tiempos mucho más recientes. Los investigadores querían saber si todavía hoy seguimos inmersos en un entorno interestelar enriquecido por restos de antiguas explosiones estelares.
Detectar hierro-60 en hielo antártico es extremadamente difícil porque las cantidades presentes son diminutas. Para encontrarlas, los científicos fundieron el hielo y utilizaron técnicas capaces de contar átomos individuales mediante espectrometría de masas con aceleradores.
Además, tuvieron que diferenciar el hierro-60 interestelar del producido localmente por rayos cósmicos o micrometeoritos. Para ello compararon las cantidades de hierro-60 con otro isótopo, manganeso-53. Una proporción anómala entre ambos reveló la presencia de material procedente del espacio interestelar y relacionado con supernovas.
Los resultados muestran una pequeña pero significativa cantidad de hierro-60 interestelar depositado en el hielo. La tasa detectada es inferior a la encontrada en nieve antártica moderna y en sedimentos oceánicos recientes, pero suficiente para indicar que el entorno interestelar alrededor del Sistema Solar ha cambiado durante los últimos 80.000 años.
Según los autores, la Nube Interestelar Local podría actuar como una especie de “archivo cósmico”. Igual que el hielo conserva información climática terrestre, las nubes interestelares podrían almacenar restos radiactivos producidos por antiguas supernovas. A medida que el Sistema Solar atraviesa esas regiones, parte del material termina cayendo sobre la Tierra.
El estudio también tiene implicaciones importantes para comprender cómo el entorno galáctico influye sobre la Tierra. La densidad del medio interestelar afecta a la heliosfera, la burbuja magnética creada por el viento solar que protege al planeta de parte de la radiación cósmica. Cambios en ese entorno podrían modificar la cantidad de rayos cósmicos que alcanzan la Tierra y dejar señales detectables en otros isótopos radiactivos.
En definitiva, cada átomo de hierro-60 encontrado en el hielo antártico es un pequeño mensajero procedente de antiguas explosiones estelares. Gracias a ellos, los científicos empiezan a reconstruir el viaje del Sistema Solar a través de la galaxia y la historia del entorno cósmico que nos rodea.
Referencia:

Dominik Koll et al, Local Interstellar Cloud Structure Imprinted in Antarctic Ice by Supernova 60Fe, Physical Review Letters (2026). DOI: 10.1103/nxjq-jwgp


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