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La ciencia no deja de asombrarnos con nuevos descubrimientos insospechados. En el podcast Ciencia Fresca, Jorge Laborda Fernández y Ángel Rodríguez Lozano discuten con amenidad y, al mismo tiempo, con profundidad, las noticias científicas más interesantes de los últimos días en diversas áreas de la ciencia. Un podcast que habla de la ciencia más fresca con una buena dosis de frescura.

¿Es realmente mejor consumir más proteínas? El núcleo terrestre más frío.

Proteínas y núcleo terrestre - Ciencia Fresca podcast - Cienciaes.com

Nuevas recomendaciones en EE.UU. de consumo de proteínas en la dieta. ¿Son más saludables?

Durante décadas, las recomendaciones nutricionales estadounidenses han considerado suficiente una ingesta de proteínas de unos 0,8 gramos por kilogramo de peso corporal y día, cantidad diseñada para cubrir las necesidades de prácticamente toda la población sana y evitar la desnutrición. Sin embargo, las nuevas Dietary Guidelines for Americans 2025-2030 proponen aumentar esa cifra hasta 1,2-1,6 g/kg/día, con el objetivo de preservar la masa muscular, favorecer la saciedad y prevenir la fragilidad durante el envejecimiento.
Pero ¿es realmente mejor consumir más proteínas?

Una reciente revisión publicada en Cell Press Blue analiza más de 350 estudios sobre restricción de proteínas y envejecimiento y llega a una conclusión mucho más matizada. Aunque una mayor ingesta proteica puede resultar beneficiosa para personas mayores con sarcopenia, pacientes desnutridos o individuos sometidos a entrenamiento físico intenso, las evidencias disponibles no permiten afirmar que aumentar las proteínas sea la mejor estrategia para toda la población.

Por el contrario, numerosos estudios realizados en levaduras, gusanos, moscas y, sobre todo, ratones muestran que una restricción moderada de proteínas, sin llegar a producir desnutrición, mejora la sensibilidad a la insulina, disminuye la acumulación de grasa, reduce la actividad de la vía mTORC1 —implicada en el crecimiento celular y el envejecimiento— y, en muchos casos, prolonga la vida.

Además, las investigaciones indican que no todas las proteínas son iguales. Algunos aminoácidos parecen desempeñar un papel especialmente importante. La restricción de metionina o isoleucina, por ejemplo, produce en modelos animales efectos metabólicos muy beneficiosos e incluso incrementos significativos de la longevidad.

Sin embargo, probablemente la enseñanza más importante de esta revisión sea otra: no todos los individuos responden igual a una misma dieta.

Los efectos de la restricción calórica ya habían demostrado depender en gran medida del genotipo. Existen cepas de ratón en las que reducir las calorías prolonga notablemente la vida, mientras que en otras el mismo tratamiento apenas produce beneficios o incluso reduce la supervivencia. Todo indica que algo parecido puede ocurrir con las proteínas.

Un ejemplo especialmente ilustrativo es el gen FGF21, cuya proteína actúa como una hormona que informa al organismo de que la dieta contiene pocas proteínas. Los ratones que producen cantidades elevadas de FGF21 viven más tiempo, mientras que aquellos a los que se elimina este gen dejan de beneficiarse de la restricción proteica. Es decir, los genes condicionan la respuesta a la dieta.

Además del genotipo, influyen otros muchos factores: la edad, el sexo, la actividad física, el estado de salud, la composición del microbioma o el tipo de proteínas consumidas. Una dieta adecuada para un deportista joven puede no ser la mejor para una persona sedentaria de 70 años, y una intervención útil para un individuo podría resultar ineficaz o incluso perjudicial para otro.

Todo ello apunta hacia un futuro en el que la nutrición sea mucho más personalizada que en la actualidad. Probablemente necesitaremos desarrollar una verdadera nutrigenética, capaz de relacionar el genoma de cada persona con la dieta que mejor se adapte a sus características biológicas.

Mientras ese conocimiento llega, la recomendación más prudente sigue siendo la misma: mantener una alimentación equilibrada y variada, rica en alimentos poco procesados, frutas, verduras, legumbres, pescado, aceite de oliva y una cantidad adecuada de proteínas, sin dejarse seducir por modas nutricionales ni por la idea de que, en nutrición, “más” significa necesariamente “mejor”. Porque la ciencia nos recuerda una vez más que la salud depende tanto de lo que comemos como de quiénes somos biológicamente.

El núcleo terrestre es más frío de lo que se pensaba.

A unos 5.000 kilómetros bajo nuestros pies se encuentra uno de los lugares más desconocidos de la Tierra: el núcleo interno. Es una esfera formada principalmente por hierro, aproximadamente del tamaño de Plutón, rodeada por un núcleo externo de metal fundido. Aunque nadie puede observarlo directamente, terremotos, experimentos de laboratorio y modelos informáticos están permitiendo reconstruir poco a poco su historia.
A comienzos del siglo XX, los terremotos proporcionaron las primeras pistas. Las ondas sísmicas S desaparecían al alcanzar el núcleo, demostrando que su parte externa era líquida. Pero en 1936 la sismóloga danesa Inge Lehmann descubrió unas ondas P que solo podían explicarse si existía una esfera sólida en el centro. Había descubierto el núcleo interno.

Desde entonces hemos aprendido que el núcleo terrestre también es responsable del campo magnético que protege nuestro planeta. El hierro líquido del núcleo externo se encuentra en continuo movimiento. Al tratarse de un material conductor, esos movimientos generan corrientes eléctricas y campos magnéticos, formando una gigantesca dinamo natural.

El núcleo interno ayuda actualmente a mantenerla. Al enfriarse la Tierra, parte del hierro líquido se solidifica sobre su superficie. Durante este proceso se libera calor y se expulsan elementos ligeros, como oxígeno o silicio, que ascienden a través del núcleo externo y favorecen la convección del hierro líquido. Según algunos cálculos, este proceso podría generar hasta el 80 % de la convección responsable actualmente del campo magnético.

Pero apareció un problema. Nuevas mediciones mostraron que el hierro conduce el calor mucho mejor de lo que se pensaba. Eso indicaba que el núcleo interno probablemente tiene menos de 1.000 millones de años y quizá comenzó a formarse hace poco más de 500 millones. Sin embargo, existen evidencias de un campo magnético terrestre desde hace al menos 3.700 millones de años y algunos estudios lo sitúan hace 4.200 millones. ¿Cómo pudo funcionar la geodinamo durante miles de millones de años sin núcleo interno? Es la llamada paradoja del núcleo joven.

La historia se vuelve todavía más interesante hace unos 565 millones de años. Minerales conservados en antiguas rocas indican que el campo magnético había disminuido hasta aproximadamente una décima parte de su intensidad actual. La dinamo pudo encontrarse cerca del colapso. Sin embargo, solo unos 30 millones de años después el campo había recuperado alrededor del 70 % de su intensidad actual. Una posible explicación es precisamente que durante ese intervalo comenzara a formarse el núcleo interno, proporcionando una nueva fuente de energía a la geodinamo. Curiosamente, aquella recuperación ocurrió aproximadamente en la época de la explosión cámbrica, cuando se produjo una extraordinaria diversificación de la vida animal.

El núcleo interno también parece comportarse de maneras inesperadas. En 1996 se descubrió que podía girar ligeramente más rápido que el resto del planeta. Investigaciones posteriores redujeron considerablemente la velocidad estimada y aparecieron incluso indicios de periodos en los que gira más lentamente. Algunos científicos creen que podría oscilar entre fases de superrotación y subrotación.

Tampoco conocemos completamente su estructura. Los experimentos indican que los átomos de hierro probablemente se organizan principalmente formando estructuras hexagonales, aunque algunos modelos proponen que podrían cristalizar primero en una disposición cúbica. Incluso se ha descubierto un «núcleo interno más interno», de unos 600 kilómetros de diámetro, con propiedades sísmicas diferentes. Las primeras reconstrucciones tridimensionales sugieren además que esta región profunda podría estar ligeramente desplazada respecto al centro terrestre.

Ahora, nuevas mediciones añaden otra pieza al rompecabezas. Experimentos realizados comprimiendo hierro entre yunques de diamante y calentándolo mediante breves pulsos eléctricos indican que su temperatura de fusión podría ser más de 1.000 °C inferior a las estimaciones anteriores.

Si estos resultados se confirman, podrían resolver la paradoja del núcleo joven: el simple enfriamiento de un núcleo menos caliente habría proporcionado suficiente energía para mantener la geodinamo durante miles de millones de años, hasta que comenzó a formarse el núcleo interno.

Casi un siglo después del descubrimiento de Lehmann, el corazón de hierro de nuestro planeta continúa revelando sorpresas. Es un planeta dentro de otro planeta, cuya historia está íntimamente relacionada con el campo magnético que ha protegido a la Tierra y a la vida durante miles de millones de años.

Referencia:

Earth Core may be far cooler than scientists thought


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