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El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
Si alguien mira una fotografía de una galaxia, puede tener la impresión de estar viendo un objeto con borde definido: aquí empieza, allí termina, como una isla luminosa sobre el océano de terciopelo negro del cielo. Pero esta impresión es engañosa. Las galaxias no tienen borde. No terminan como termina una bandeja o un plato. Simplemente se van difuminando. Sus estrellas se hacen cada vez más escasas, su halo se hace cada vez más tenue, hasta que llega un momento en que ya no sabemos si seguimos mirando la galaxia o el fondo del universo.
Y, sin embargo, los astrónomos persiguen medir su tamaño con la mayor exactitud posible. Para ello usan métodos razonables, aunque no perfectos. Uno de los más clásicos es el de las líneas isofotas, palabra formada a partir de las raíces griegas iso, que significa “igual” y photós, que significa “luz”. Una isofota es una línea imaginaria que une puntos de igual brillo en una imagen, como las curvas de nivel de un mapa unen puntos de igual altitud, o las líneas isobaras en los mapas del tiempo unen puntos de igual presión atmosférica. En vez de preguntar “¿dónde acaba la galaxia?”, se pregunta algo más práctico: “¿hasta dónde llega antes de que su brillo superficial caiga por debajo de cierto valor?” Este valor suele ser, en luz azul, la llamada isofota D25: el diámetro (D) medido hasta una superficie de brillo de 25 magnitudes en un área del cielo de un segundo de arco al cuadrado.
Una magnitud ínfima
Recordemos que la magnitud es una medida del brillo de las estrellas u objetos celestes. Tiene una propiedad curiosa: que la escala está invertida, es decir, cuanto mayor es la magnitud menor es el brillo. La razón es que la magnitud proviene de la astronomía antigua, en la que las estrellas de primera magnitud eran las más brillantes, y las de mayor magnitud, menos brillantes. La escala moderna se ha normalizado y se ha definido de modo que una diferencia de 5 magnitudes corresponde a una disminución del brillo de 100 veces. Para que tengamos una idea, las estrellas de magnitud 6 son apenas visibles. El sol tiene en esta escala una magnitud aparente de -26,7 y Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno vista desde la Tierra tiene un magnitud de -1,46.
Así pues, una magnitud 25 corresponde a un brillo unas cuarenta millones de veces menor que el de las estrellas de magnitud 6, que apenas se ven, aunque aquí es preciso recordar que estamos comparando una magnitud superficial con la magnitud puntual de las estrellas. Solo potentes telescopios pueden determinar esa intensidad de brillo. De este modo, la isofota D25 se ha establecido como una frontera útil, pero no es una frontera natural. Si la frontera se cambiara, por ejemplo, a las isofotas D26 o D27 si contáramos con telescopios más sensibles, las galaxias parecerían crecer.
Galaxias enanas y gigantes
Utilizando esta medida de la talla galáctica, ¿con qué nos encontramos? En el extremo pequeño del catálogo cósmico hallamos objetos que parecen casi una broma de la gravedad. Son el equivalente a pequeños mosquitos galácticos. Algunas galaxias ultradébiles contienen solo unas mil estrellas, quizá menos que un cúmulo globular rico. La galaxia Segue 2, por ejemplo, ha sido considerada una de las galaxias menos masivas conocidas: apenas brilla como unas novecientas veces el Sol. ¿Por qué llamarla galaxia y no cúmulo estelar? Porque sus estrellas no tienen todas la misma composición química. Esa diversidad revela una historia: allí hubo formación estelar durante suficiente tiempo como para que las supernovas contaminaran el gas con nuevos elementos y nacieran nuevas estrellas. Una galaxia, por pequeña que sea, no es solo un puñado de estrellas; es una verdadera saga estelar.
En el extremo opuesto nos encontramos con monstruos gigantescos. Nuestra Vía Láctea no es uno de ellos, aunque contiene del orden de cien mil millones de estrellas y mide unos cien mil años luz en su disco visible. Es bastante grande. Pero hay espirales mayores, como UGC 2885, a 235 millones de años-luz, conocida como la galaxia de Rubin y apodada a veces como la galaxia Godzila, de unos 450.000 años luz de diámetro. Malin 1, a 1.190 millones de años luz de nosotros, es otra galaxia gigantesca cuya frontera alcanza unos 650.000 años luz. Y las elípticas gigantes pueden ser aún mayores: algunas, instaladas en el centro de cúmulos de galaxias, han crecido probablemente devorando vecinas durante miles de millones de años gracias a su potente gravedad. Si incluimos no solo estrellas sino gas, materia oscura y lóbulos emisores de ondas de radio, que se extienden a ambos lados de algunas galaxias activas, aparecen casos aún más desmesurados, como Alcyoneus, una radiogalaxia cuyos lóbulos de radio se extienden más de dieciséis millones de años luz, es decir, alrededor de cien veces el diámetro visible de nuestra galaxia. Pero aquí conviene precisar, porque una cosa es el cuerpo estelar de una galaxia y otra sus chorros y lóbulos de plasma lanzados al espacio, que no son parte del cuerpo estelar de una galaxia, aunque sí sean consecuencia de su actividad, como una estela no es parte de un barco o de un avión, aunque revele su paso.
No obstante, el rango de tamaños galácticos es, así es, galáctico en sí mismo: desde galaxias con apenas miles de estrellas y masas de solo cientos de miles de soles, hasta sistemas con billones de estrellas y masas totales, si contamos la materia oscura, de billones o incluso decenas de billones de masas solares. Y esto es importante, porque la escala de tamaño de las galaxias nos habla de la historia del universo y de sus propiedades. Si la gravedad fuera mucho más intensa, quizá las estructuras galácticas habrían colapsado demasiado deprisa y formado agujeros negros. Si fuera más débil, tal vez no se habrían reunido estrellas suficientes para formar grandes galaxias. Si el universo fuera mucho más joven, las elípticas gigantes no habrían tenido tiempo de crecer por fusiones entre galaxias. Cada galaxia es, en cierto modo, un reloj que mide cuánto tiempo ha tenido la gravedad para hacer su función.
¿Agrupaciones galácticas imposibles?
Pero las galaxias tampoco viven solas. Se agrupan en cúmulos, filamentos y paredes de la llamada red cósmica. Y aquí aparecen monstruos gigantescos como el Big Ring, una inmensa estructura de galaxias y materia detectada a una distancia tal que la vemos cuando el universo tenía aproximadamente la mitad de su edad actual. Su tamaño, de alrededor de 1.300 millones de años luz en diámetro, resulta difícil de encajar en la imagen más sencilla del universo a gran escala. Más aún porque se encuentra cerca, en términos cosmológicos, de otra estructura enorme: el Giant Arc. Según el modelo cosmológico estándar, si miramos el universo a escalas suficientemente grandes, debería parecernos homogéneo, sin estructuras privilegiadas, sin anillos colosales ni arcos gigantescos. El Big Ring parece negar esta suposición. Tal vez sea una fluctuación estadística. Tal vez las técnicas de observación estén revelando patrones reales, aunque difíciles de interpretar. Pero quizá haya algo profundo que aún no entendemos sobre la arquitectura del cosmos.
Y esa es, probablemente, la enseñanza más estimulante. Hemos medido galaxias enanas que cabrían, en número de estrellas, en una pequeña aldea celeste. Hemos descubierto galaxias tan grandes que la luz necesita cientos de miles o millones de años para atravesarlas. Hemos elaborado teorías que intentan explicar todas las observaciones y la historia que subyace detrás. Pero el universo no se ha rendido y nos ha mostrado gigantescos anillos y arcos de galaxias que, si se confirman como estructuras físicas reales, obligarán a afinar o quizá revisar algunas de nuestras teorías. El universo todavía no cabe por completo en la mente humana.
Tal vez algún día una inteligencia artificial, más capaz de manejar dimensiones, datos y relaciones de lo que nosotros podemos imaginar, comprenda algo sobre el universo que a nosotros se nos escapa. Quizá entonces nos lo explique de manera resumida, incompleta y recortada para la extensión de nuestra mente, como haría un profesor que adapta una verdad inmensa al conocimiento de sus alumnos. Y, aun así, tal vez nos baste. Porque comprender no siempre es poseerlo todo. A veces es suficiente con que una luz, aunque sea débil y lejana, nos indique que el camino continúa un poco más allá. Sigamos recorriéndolo.
Referencias
1.- Phil Plait. What’s the biggest galaxy in the universe? Scientific Americam May 26th 2026. https://www.scientificamerican.com/article/how-big-can-a-galaxy-get/?utm_source=Klaviyo&utm_medium=email&utm_campaign=the-universe_2026-05-29T11%3A48%3A00&utm_term=Continue%20Reading&_kx=BeGpwXpm-CdOyPZFWyI6AeflQzOLjzy4fSlSu0kHPMo.WEer5A
2.- Matt Davenport. Small, faint and ‘unexpected in a lot of different ways’: U-M astronomers make galactic discovery. University of Michigan News. March 11th 2025. https://news.umich.edu/small-faint-and-unexpected-in-a-lot-of-different-ways-u-m-astronomers-make-galactic-discovery/
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