suscripción
El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
Como sabemos, una persona bebe alrededor de dos litros de agua al día. Podemos dárselos poco a poco, repartidos desde el desayuno hasta la cena, y lo más probable es que de este modo su organismo los aproveche bien. Pero también podemos hacer algo mucho menos conveniente: lanzarle los dos litros de golpe a la cara con una jarra, que suele ser de agua fría. La cantidad total de agua será la misma, desde luego. Pero el resultado, no. En particular, su enfado será mayúsculo, y no podrá beber el agua, por lo que, si no hay más, pasará sed.
Algo parecido, aunque a escala planetaria, puede estar comenzando a suceder con la lluvia. Durante mucho tiempo, al hablar de la evolución de las precipitaciones en un clima más cálido, los científicos climáticos se han hecho una pregunta en particular: ¿lloverá más o lloverá menos? La pregunta tiene su fundamento. Si llueve más, habrá más agua disponible para los ecosistemas, los acuíferos, los ríos, los cultivos, para los animales y para nosotros. Si llueve menos, habrá sequía. Esta manera de pensar parece obvia, pero, como tantas cosas aparentes, corre el riesgo de no ser totalmente correcta, porque la realidad del clima y los ecosistemas no suele ser sencilla.
Esto puede ser así porque del agua de lluvia no solo importa por su cantidad. También importa por su distribución en el tiempo. No es lo mismo que en una región caigan 600 litros de lluvia por metro cuadrado repartidos en ochenta días que esos mismos 600 litros caigan en diez aguaceros violentos separados por largas semanas de sequía. En ambos casos, el total de precipitación anual es idéntico. La estadística diría que ha llovido lo mismo en esos dos años. Pero el comportamiento de la tierra no obedece solo a las estadísticas anuales. La tierra absorbe agua cuando puede, lo que depende de cuándo, cuánto y cómo llueve.
Esta es la idea de partida de un estudio publicado en la revista Nature por Corey Lesk y Justin Mankin, de Dartmouth College y la Universidad de Quebec, en Montreal. Los autores se plantean una pregunta aparentemente simple, pero cuya respuesta podría revelar enormes consecuencias: si el calentamiento global está haciendo que la lluvia se concentre en episodios más intensos, pero menos frecuentes y separados por periodos secos más largos, ¿la tierra acabará teniendo más agua o menos agua disponible para el beneficio de animales y plantas?
La respuesta que encuentran no es tranquilizadora: durante las últimas décadas la lluvia en muchas partes del mundo se ha concentrado en grandes tormentas o intensas precipitaciones seguidas por periodos de sequía más prolongados. No son buenas noticias porque cuando la lluvia se concentra demasiado, la superficie terrestre tiende a secarse, incluso aunque la precipitación total anual aumente, lo que conduce a la paradójica situación de menor cantidad de agua para acuíferos, humedales y ecosistemas en general.
La razón es comprensible. El suelo no puede comportarse como una esponja infinita. Puede absorber agua, sí, pero solo hasta cierto punto y a cierta velocidad. Si la lluvia cae con moderación, una parte importante penetra en el terreno, humedece el suelo, recarga acuíferos o contribuye de forma gradual al flujo de los ríos. Pero si cae de golpe, en forma de grandes tormentas, un mayor volumen queda encharcado en la superficie o corre sobre ella antes de infiltrarse. Esa agua superficial, sin tiempo para ser absorbida, queda mucho más expuesta al aire y al sol, y acaba por evaporarse antes de poder ser aprovechada. Así, paradójicamente, más lluvia puede acabar significando menos agua útil.
Midiendo la desigualdad pluvial
Para estudiar este problema, los doctores Lesk y Mankin recurrieron a métodos usados por una disciplina que, en principio, poco tiene que ver con las variaciones climáticas: la economía. De esta utilizaron una herramienta usada habitualmente para medir la desigualdad en la distribución de la riqueza: el conocido como coeficiente de Gini. Si todos los ciudadanos de un país tuvieran exactamente los mismos ingresos, en un mundo de igualdad imposible, el coeficiente de Gini sería cero. Si una sola persona acumulara toda la riqueza mundial y los demás no tuvieran nada, en un mundo de una desigualdad también imposible, el coeficiente de Gini sería uno. Pues bien, los investigadores aplicaron esta idea a la lluvia. En lugar de analizar cómo se distribuye el dinero entre las personas, estudiaron cómo se distribuye la precipitación entre los días del año en distintos puntos del planeta.
Si llueve poco, pero casi todos los días, la “desigualdad” de la lluvia es baja. Si, por el contrario, casi toda el agua anual cae torrencialmente solo en unas pocas jornadas, la desigualdad es alta. Este coeficiente de Gini de la precipitación diaria permite así atribuir un número a un fenómeno que todos conocemos, pero que no siempre se incorpora a los modelos de disponibilidad de agua, que deben basarse en matemáticas: el carácter caprichoso, desigual y a veces brutal de la lluvia.
Los autores analizaron datos globales de precipitación desde 1980 hasta 2022 y los compararon con datos de almacenamiento de agua terrestre obtenidos por los satélites GRACE, una misión capaz de detectar variaciones muy pequeñas en la gravedad terrestre. Estos cambios en el campo gravitatorio permiten inferir diferencias en la cantidad de agua almacenada en suelos, acuíferos, vegetación y masas de agua superficiales. Es muy sorprendente, al menos para mí, que la tecnología nos permita hoy “pesar” desde el espacio el agua del planeta midiendo con satélites cómo cambia ligeramente el campo gravitatorio. Es otro asombroso caso de ciencia ficción convertida en realidad.
¿Qué nos revelan estas medidas gravitacionales? El resultado general es claro. En gran parte del mundo, desde 1980, la precipitación anual se ha ido concentrando en episodios más intensos. La lluvia llega cada vez más en forma de jarra de agua fría y menos en forma de una suave ducha. En el oeste de Estados Unidos, por ejemplo, la concentración de las lluvias ha aumentado de manera notable; en las Montañas Rocosas, la precipitación anual se habría producido alrededor de un 20 % más en forma de aguaceros intensos. En la cuenca amazónica, el aumento de la concentración de las lluvias se estima en torno al 30 %, uno de los mayores cambios observados desde 1980. En cambio, en regiones como el Ártico, el norte de Europa o Canadá, la precipitación se ha distribuido de forma más uniforme, probablemente porque el calentamiento ha aumentado la lluvia y la nieve durante más días del año.
¿¿Más por más resulta ser menos?*
Pero lo más importante no es solo que la lluvia esté cambiando de forma. Lo más importante es lo que ese cambio le hace al agua disponible sobre la tierra.
Los investigadores muestran que una precipitación más concentrada se asocia con una disminución del almacenamiento de agua terrestre en prácticamente todos los tipos de clima, puesto que este efecto aparece en regiones secas, húmedas, templadas y tropicales. No es, por tanto, una rareza local. Se trata de un fenómeno global. Además, su magnitud es sorprendentemente grande: el efecto secante de una lluvia intensa y concentrada puede ser casi tan importante como el efecto humectante de un aumento de la precipitación total anual. Dicho de otra forma, una ganancia de agua por un lado puede verse contrarrestado por una pérdida por el otro, si la lluvia cae mal repartida.
Esta conclusión obliga a cambiar la manera de pensar sobre las causas de sequía. Solemos imaginar la sequía como ausencia de lluvia. Y, desde luego, la ausencia de lluvia seca la tierra. Pero este estudio muestra otra posibilidad más sutil: puede generarse una sequía funcional incluso cuando llueve, si la lluvia cae de una manera que el suelo no puede aprovechar bien. No basta con que la atmósfera libere el agua que contiene en forma de lluvia, esta debe caer en condiciones que permitan almacenarla.
La metáfora usada por el Dr. Mankin, uno de los autores del estudio, para explicar lo que sucede es excelente: una lluvia muy concentrada es como pedirle a la tierra que beba de una manguera contra incendios. La tierra recibe mucha agua, sí, pero no puede tragársela toda. Una parte se pierde, corre, se encharca y vuelve a la atmósfera por evaporación.
Los autores quisieron además comprender el mecanismo físico. ¿Por qué exactamente se pierde más agua cuando las tormentas son más fuertes y suceden más separadas? La explicación combina dos procesos.
Agua que no has de beber
El primero de estos procesos es la partición hidrológica, expresión técnica que podemos traducir como el destino que toma el agua al caer. Cada gota puede infiltrarse en el suelo, alimentar una raíz, recargar un acuífero, fluir hacia un río o quedarse temporalmente en la superficie. Las lluvias suaves favorecen la infiltración. Las lluvias intensas favorecen el encharcamiento y la escorrentía superficial. Y el agua que queda en superficie se evapora con mayor facilidad.
El segundo proceso depende de la radiación solar. Si las lluvias se concentran en menos días, hay más días secos entre una tormenta y la siguiente. Esos días secos suelen ser más soleados. Más radiación solar sobre la superficie significa más energía disponible para calentar el suelo y evaporar agua. Sin embargo, el estudio concluye que este segundo efecto, aunque desempeña un papel, no es el principal. La clave está sobre todo en cómo la mayor intensidad de la lluvia cambia el destino inicial del agua y permite menos infiltración útil y más agua superficial fácilmente evaporada.
Para alcanzar estas conclusiones, los investigadores no se limitaron a observar correlaciones. Usaron modelos estadísticos, modelos simples de superficie terrestre y también componentes más complejos de modelos climáticos. Todos apuntaron en la misma dirección. Cuando la lluvia se concentra más, aumenta la evaporación desde las reservas superficiales de agua y disminuye el agua retenida por el suelo. La explicación no involucra fenómenos exóticos. Basta con tener en cuenta las leyes elementales de la física: capacidad limitada de infiltración, encharcamiento, evaporación y más días secos, cálidos y soleados.
Esto no significa que los acuíferos no se recarguen durante lluvias intensas. De hecho, algunas lluvias torrenciales pueden contribuir a la recarga subterránea en regiones concretas. Pero el balance global que detectan los doctores Lesk y Mankin indica que, en promedio, esas posibles ganancias no compensan las pérdidas por evaporación y mala infiltración. El planeta, considerado como sistema global, aprovecha peor una lluvia más concentrada.
Las implicaciones futuras son inquietantes. El calentamiento global intensifica el ciclo hidrológico. Una atmósfera más cálida contiene más vapor de agua, y por ello las precipitaciones extremas tienden a hacerse más intensas. Pero la precipitación media anual no aumenta al mismo ritmo que lo hacen los eventos extremos. Este desequilibrio favorece que una fracción creciente del agua caiga en menos episodios, aunque más intensos. Es como si en lugar de recibir un mismo salario repartido por meses, lo recibiéramos en solo dos pagas por año. Sin duda que los días de cobro serían días de gasto y despilfarro extremos.
Según las proyecciones del estudio, con un calentamiento de unos 2 °C respecto a la temperatura de niveles preindustriales, la concentración de la lluvia podría generar condiciones anormalmente secas para alrededor del 27 % de la población mundial, independientemente de los cambios en precipitación total o irrigación. Además, la mitad de la población mundial podría experimentar reducciones significativas de almacenamiento de agua terrestre. Traducido a lenguaje menos estadístico: para muchas regiones, el problema no será solo que llueva menos. El problema será que la lluvia llegará peor.
Sí que llueve al sur de California
Esto complica mucho la gestión del agua. En un régimen de lluvias más regular, los embalses, acuíferos, ríos y suelos reciben aportes más previsibles. En un régimen de grandes tormentas separadas por sequías prolongadas, los gestores del agua se enfrentan a un dilema incómodo. Si llega una gran tormenta, conviene capturar la mayor cantidad posible de agua, pero si los embalses ya están llenos, puede ser necesario liberar agua antes o durante el episodio para evitar inundaciones. Y si después de esa tormenta viene otro largo periodo seco, nos arrepentiremos de haber dejado correr tanta agua liberada.
El caso de California es particularmente ilustrativo. Los ríos atmosféricos han llevado grandes cantidades de lluvia a esta parte del continente americano en medio de sequías prolongadas. Los gestores deben decidir si vacían parcialmente embalses para hacer sitio a nuevas lluvias sin saber cuánto durará el nuevo suministro. Este tipo de dilema podría extenderse a regiones que hasta ahora no se consideraban especialmente necesitadas de almacenamiento artificial porque contaban con lluvias relativamente repartidas a lo largo del año.
El estudio también señala que el efecto físico de la concentración de la lluvia puede verse amplificado por la irrigación humana. En zonas agrícolas intensamente irrigadas, en periodos en los que el suelo se seca más, los agricultores tienden a extraer más agua de acuíferos o ríos. Esto puede agravar la disminución del almacenamiento de agua terrestre. El fenómeno físico y la respuesta humana se refuerzan entonces mutuamente en un círculo vicioso: llueve de manera menos aprovechable, el suelo se seca, se riega más, se extrae más agua subterránea y el sistema queda aún más vulnerable.
Conviene, no obstante, ceñirse a lo que los datos permiten concluir. Los autores reconocen limitaciones importantes en su estudio. Por ejemplo, su análisis anual no captura por completo el papel de la nieve y el hielo como formas de almacenamiento estacional. Tampoco puede resolver todos los efectos de los distintos tipos de suelo, usos del terreno, vegetación natural o manejo humano del agua. En zonas áridas, además, algunos detalles de la evaporación y la escorrentía siguen siendo difíciles de modelizar. Pero estas limitaciones no debilitan el mensaje principal; más bien indican que la realidad puede ser todavía más compleja y quizá incluso peor de lo que el estudio ya muestra.
¿Cómo nadar y guardar la ropa?¿Qué podemos hacer? La primera recomendación de los autores es obvia, aunque no por ello menos urgente: mitigar el calentamiento global. Esto yo, personalmente. ya no creo que lo podamos hacer a corto plazo, porque además de que es muy difícil, hay gente muy poderosa empeñada en no conseguirlo. Sin embargo, resulta evidente que, si el calentamiento favorece la concentración de la lluvia en episodios más intensos, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero no solo limitará el aumento de la temperatura, sino también parte de la distorsión del ciclo del agua. El clima no es más o menos calor, es una maquinaria planetaria que reparte agua y energía, y estamos gripando esta maquinaria con nuestro modo de vida, que puede convertirse en modo de muerte.
La segunda recomendación es adaptar la gestión hídrica a una lluvia más desigual. No es inteligente seguir diseñando infraestructuras, tipos de cultivos y políticas de agua pensando solo en promedios anuales. Es necesario mejorar la captación de agua de tormenta, restaurar y mantener humedales y llanuras de inundación, recuperar vegetación natural, reducir las superficies impermeables en ciudades y diseñar embalses y acuíferos gestionados para convivir con una combinación aparentemente contradictoria: más inundaciones y más sequías.
La tercera recomendación es cuidar el suelo. Un suelo vivo, con materia orgánica, raíces, estructura y porosidad, se comporta mucho mejor ante la lluvia intensa que un suelo compactado y erosionado. La reforestación bien planificada y la restauración de cuencas no es solo por el bien del medio ambiente, es por nuestro propio bien.
La cuarta y última recomendación es usar el agua con más inteligencia, especialmente en la agricultura irrigada. Esto incluye, dicen los autores, mejorar la eficiencia del riego, evitar cultivos muy demandantes de agua, como el maíz, en regiones cada vez más vulnerables, reutilizar aguas depuradas cuando sea seguro, reducir pérdidas en las redes urbanas de distribución y gestionar los acuíferos como reservas estratégicas, teniendo en cuenta los cambios en su dinámica.
Como resumen, el estudio que hemos explicado nos proporciona cun nuevo conocimiento sencillo, pero importante. No basta con que la lluvia caiga en cantidades adecuadas. El agua debe quedarse en el suelo y penetrar en él el tiempo suficiente para que resulte útil a la vida. Si el calentamiento convierte la lluvia en una sucesión de grandes Danas, inundaciones y sequías, el planeta puede acabar teniendo más volumen de precipitaciones y, sin embargo, disponer de menor cantidad de agua. Esta es una de esas paradojas que tan a menudo la ciencia nos revela y que conviene entender para tomar las medidas apropiadas.
Referencia
Lesk, C.S., Mankin, J.S. More concentrated precipitation decreases terrestrial water storage. Nature 653, 425–432 (2026). https://doi.org/10.1038/s41586-026-10487-7
Jorge Laborda, mayo de 2026
Obras de Jorge Laborda
DNA desencadenado. El frágil código de la vida y su inevitable deterioro. Papel
DNA desencadenado, El frágil código de la vida y su inevitable deterioro. eBook
¡Estamos rodeados! Descubre el extraordinario poder de un sistema inmunitario sano
Tus defensas frente al coronavirus. eBook
Tus defensas frente al coronavirus. Papel
Inmunología desinflamada: Una introducción al sistema inmunitario y sus patologías. Vista previa
Inmunología desinflamada: Una introducción al sistema inmunitario y sus patologías. Papel
Quilo de Ciencia Volumen XII eBook
Quilo de Ciencia Volumen XII Papel
Circunstancias encadenadas. Ed. Lulu
Una Luna, una civilización. Por qué la Luna nos dice que estamos solos en el Universo. Papel
Una Luna, una civilización. Por qué la Luna nos dice que estamos solos en el Universo. eBook
One Moon one civilization. Why the Moon tells us we are alone in the universe. Paperback
Las mil y una bases del ADN y otras historias científicas
![]()
Apoya a CienciaEs haciéndote MECENAS con una donación periódica o puntual.

40,8 millones de audios servidos desde 2009
Agradecemos la donación de:
Eulogio Agulla Rodiño
Luis Felipe Alburquerque
“Me encanta Hablando Con Científicos. Felicidades!!”
Angel Quelle Russo
“Vuestra labor de divulgación de la ciencia y en particular del apoyo a los científicos españoles me parece muy necesario e importante. Enhorabuena.”
Angel Rodríguez Díaz
“Seguid así”
Anónimo
Mauro Mas Pujo
Maria Tuixen Benet
“Nos encanta Hablando con Científicos y el Zoo de Fósiles. Gracias.”
Daniel Dominguez Morales
“Muchas gracias por su dedicación.”
Anónimo
Jorge Andres-Martin
Daniel Cesar Roman
“Mecenas”
José Manuel Illescas Villa
“Gracias por vuestra gran labor”
Ulrich Menzefrike
“Donación porque me gustan sus podcasts”
Francisco Ramos
Emilio Rubio Rigo
Vicente Manuel CerezaClemente
“Linfocito Tcd8”
Enrique González González
“Gracias por vuestro trabajo.”
Andreu Salva Pages
Emilio Pérez Mayuet
“Muchas gracias por vuestro trabajo”
Daniel Navarro Pons
“Por estos programas tan intersantes”
Luis Sánchez Marín
Jesús Royo Arpón
“Soy de letras, sigo reciclándome”