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El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
Cuando llamamos a una puerta, no esperamos que el timbre decida cuánto va a crecer la casa. Sin embargo, las células poseen timbres moleculares que, cuando reciben la visita adecuada, ponen en marcha programas capaces de cambiar su crecimiento, su actividad y hasta su destino. Uno de esos timbres es la proteína receptora de la hormona del crecimiento. Y resulta que algunos seres humanos conservan una versión procedente de los neandertales del gen que fabrica ese receptor.
Los neandertales, una especie hermana extinta hace unos 42.000 años, no eran esos brutos encorvados y con pocas luces que durante mucho tiempo han poblado más nuestra imaginación que la prehistoria. Ahora bien, robustos sí que eran. Tenían un tórax ancho, músculos poderosos, arcos sobre las cejas muy marcados, una mandíbula peculiar y dientes de raíces relativamente cortas. ¿Podría esa anatomía estar relacionada en parte con un funcionamiento diferente de la hormona del crecimiento?
Esta es la pregunta que se formularon Philipp Kanis y sus colaboradores, de varios centros de investigación europeos, australianos y japoneses. Para intentar responderla, compararon genes humanos y neandertales del llamado eje hipotálamo-hipófisis-somatotrópico. El nombre parece el de un tren de mercancías para caballos e hipopótamos, pero tiene mucho más que ver con nuestro cerebro. Una región del cerebro, el hipotálamo, regula la liberación de hormona del crecimiento por la hipófisis, una pequeña glándula. La hormona viaja por la sangre, se une a su receptor, que es también su detector, en diferentes células y activa en ellas señales que influyen sobre el funcionamiento de numerosos genes relacionados con el desarrollo de los huesos, el cartílago, los músculos y otros tejidos, estimulando de este modo el crecimiento.
El receptor de la hormona del crecimiento, como muchos otros receptores de hormonas y de moléculas moduladoras, puede compararse con un timbre que atraviesa la puerta celular. Una parte queda fuera, reconoce a la hormona y se une a ella. Otra parte se encuentra dentro y transmite la llamada. No abre la puerta a la hormona, sino que solo avisa a la célula de que la hormona está ahí, lo que significa que otras células han emitido la orden de crecer. Entonces comienza una cadena de activaciones bioquímicas. Entre sus protagonistas están las proteínas JAK2 y STAT5. JAK2 añade grupos fosfato al receptor y a STAT5. Una vez activada de este modo, STAT5 entra en el núcleo y modifica la actividad de los genes antes mencionados.
Los investigadores descubrieron que el receptor neandertal presentaba dos cambios de aminoácidos y carecía del fragmento codificado por el tercer exón del gen. Sin embargo, esta pérdida es más antigua que los propios neandertales, ya que aparece también en los denisovanos, otro grupo humano arcaico, y en poblaciones africanas actuales. Los dos cambios de aminoácidos sí llegaron hasta nuestra especie en un segmento de ADN que fue heredado del mestizaje entre neandertales y humanos modernos.
Este segmento es hoy raro en Europa. En esta área geográfica, su frecuencia representa alrededor del 0,5 por ciento de las variantes del gen, pero resulta mucho más frecuente en Asia oriental y meridional. En algunas poblaciones de Pakistán, su frecuencia alcanza cerca del veinticuatro por ciento. Los neandertales se extinguieron hace unos cuarenta y dos mil años, pero ciertos fragmentos de su ADN no se extinguieron con ellos, sino que continuaron alojados en el genoma humano. Solo cambiaron, por así decirlo, de domicilio genómico.
¿Funciona de manera distinta ese receptor neandertal? Para averiguarlo, los científicos utilizaron células de ratón que necesitan determinadas señales para multiplicarse y que no pueden fabricar su propio receptor de la hormona del crecimiento. Introdujeron en ellas la versión humana moderna o la neandertal del receptor. De este modo, las células se convirtieron en un banco de pruebas molecular. Al añadir hormona del crecimiento, ambas versiones del receptor respondieron a concentraciones muy similares de la hormona, lo que sugiere una fuerza de unión (una afinidad) muy parecida. El timbre neandertal no parecía ser más fácil de pulsar que el humano, pero, una vez pulsado, sonaba con mayor fuerza dentro de la casa.
Las células con el receptor neandertal se multiplicaron más deprisa y, al quinto día, llegaron a ser un treinta y nueve por ciento más numerosas que las que tenían el receptor humano. Además, presentaron un veintidós por ciento más de STAT5 activada, lo que indica que la señal transmitida dentro de la célula era más intensa. Al ensayar por separado los tres cambios del receptor, el efecto pudo atribuirse a una sola sustitución: en la posición 561 de la proteína, el aminoácido prolina había sido reemplazado por el aminoácido treonina. Una diferencia aparentemente diminuta, un cambio en uno solo de los más de seiscientos eslabones de la cadena proteica del receptor, modificaba la intensidad de la señal. Sin embargo, esta situación no es rara en otros genes. A veces, una sola letra del ADN basta para que una proteína hable más alto.
El mecanismo preciso por el que este cambio genera el efecto descrito todavía no está resuelto. Cerca de la posición 561 existe un aminoácido tirosina que recibe un grupo fosfato, lo que se llama fosforilación. Las tirosinas que reciben grupos fosfato, que se fosforilan, suelen ser muy importantes para la regulación de la actividad de las numerosas proteínas y enzimas que las poseen. Además, la eliminación posterior del fosfato, la desfosforilación, es una manera simple de volver al estado inicial, lo que es necesario para controlar la intensidad de la señal. Pues bien, los investigadores comprobaron que, en un fragmento aislado del receptor, una de las fases de la fosforilación fue un once por ciento más lenta en la variante neandertal. Este retraso podría alterar los ciclos de fosforilación y desfosforilación y prolongar la señal, pero por ahora es solo una hipótesis. Las moléculas, como algunas personas, no siempre explican con claridad por qué se comportan como se comportan.
Lo más interesante es que los efectos no se limitaron a las células de las placas de cultivo. Los autores analizaron datos de más de un millón de adultos incluidos en cinco biobancos. Por cada copia heredada del segmento neandertal, sus portadores medían, en promedio, tres milímetros más y pesaban unos doscientos ochenta y cinco gramos más. Casi todo ese peso adicional podía explicarse por una mayor masa muscular en las extremidades y en el tronco. También mostraban una rama de la mandíbula unos pocos milímetros más corta y cierta tendencia a poseer raíces dentales más cortas, rasgos que recuerdan a los neandertales.
Conviene, no obstante, no sacar conclusiones que los datos no permiten. Tres milímetros no convierten a nadie en gigante, ni unos cientos de gramos más de músculo en campeón olímpico. La talla y la constitución corporal dependen de miles de variantes genéticas, además de la alimentación, la salud, el ejercicio y otras circunstancias. Tampoco puede excluirse que genes vecinos, heredados en el mismo segmento de ADN, contribuyan a algunas de las características descritas. Además, los resultados sobre mandíbula y dientes proceden de grupos mucho menores que los utilizados para estudiar talla y peso. Son indicios interesantes, pero no suponen un retrato robot de un neandertal escondido en cada portador de esta variante del receptor.
Los humanos poseemos dos hormonas del crecimiento distintas: una producida por la hipófisis y otra por la placenta durante el embarazo. Pues bien, otro resultado particularmente curioso fue que la diferencia entre ambos receptores solo apareció con la hormona hipofisaria, no con la placentaria. Tampoco se asoció la variante con el peso al nacer ni con el crecimiento hasta los once años. En cambio, sí aparecían diferencias de talla y masa corporal en adultos. Además, los niños con déficit de hormona del crecimiento que portaban la variante neandertal respondían mejor al tratamiento con la hormona hipofisaria.
Los autores proponen que el efecto podría hacerse visible durante y después de la pubertad, cuando los niveles de hormona del crecimiento llegan a triplicar los de la infancia. Incluso sugieren, con prudencia, que la ausencia de efecto durante la gestación pudo evitar bebés demasiado grandes y partos todavía más difíciles para las madres neandertales. Es una posibilidad, no una conclusión. La selección natural hace que algunas variantes suban o disminuyan de frecuencia, pero el azar también interviene.
¿Favoreció la selección natural esta herencia neandertal? Su elevada frecuencia en el sur de Asia permite sospecharlo, pero los genomas antiguos no revelan grandes cambios durante los últimos diez mil años. Además, sus efectos pueden depender de la dieta, la actividad física y el resto del genoma. La respuesta más honrada es que aún no lo sabemos.
¿Pudo esta variante, por el contrario, contribuir a la extinción de los neandertales? Los autores no plantean esta posibilidad; lo que sigue es solo una especulación mía. En el programa número cien de Quilo de Ciencia hablé de la idea que Richard Wrangham expone en su libro Catching Fire acerca de la importancia del fuego en la evolución humana. Según esta hipótesis, cocinar aumentó la energía neta obtenida de los alimentos, al hacerlos más digeribles y reducir el coste de procesarlos. Esta ganancia energética pudo contribuir al mantenimiento de un aparato digestivo más pequeño y de un cerebro mayor, muy costoso energéticamente.
Ahora bien, el estudio que comentamos no midió el gasto energético. Cada copia del segmento neandertal solo se asocia, en los humanos actuales, con unos doscientos setenta gramos adicionales de masa magra. Sería excesivo concluir que este receptor condenó a los neandertales al hambre. Pero sí permite formular una pregunta más amplia. Los neandertales poseían cuerpos robustos y cerebros voluminosos y debieron afrontar una vida físicamente exigente. ¿Pudo una tendencia genética a intensificar el crecimiento añadir un pequeño coste precisamente en los peores momentos, durante las crisis climáticas o alimentarias y allí donde competían con Homo sapiens? Es posible, pero ninguno de esos eslabones ha sido demostrado.
Esta especulación permite, al menos, hacer una predicción. Si la variante resultaba perjudicial cuando escaseaban las calorías, su frecuencia debería haber disminuido en las poblaciones antiguas expuestas a esas condiciones. Sin embargo, el estudio solo ha podido seguirla con cierta continuidad durante los últimos diez mil años y no ha detectado grandes cambios. No sabemos qué sucedió antes. Harían falta muchos más genomas antiguos para averiguarlo.
El estudio que describimos aquí no ha descubierto el gen de la robustez neandertal, ni desde luego el causante de su extinción. Semejantes genes probablemente no existen. Pero sí ha descubierto algo más sutil y tal vez más interesante: una variante molecular concreta, heredada de otro linaje humano, que cambia el modo en que las células escuchan una hormona y que produce efectos pequeños, pero medibles, en el cuerpo de algunas personas actuales. Es posible que otras variantes genéticas neandertales, ya identificadas pero todavía poco estudiadas, produzcan otros efectos en nuestra biología.
Los neandertales desaparecieron como especie, pero no desaparecieron por completo. Una parte de su herencia sigue viajando en nuestros cromosomas, se asoma a la forma de una mandíbula o añade unos gramos de músculo. En ocasiones, incluso contesta con más decisión cuando una hormona pulsa el timbre de una célula. Nuestro pasado no está completamente muerto. Vive en el corazón de algunos de nuestros genes.
Referencias
Kanis, P. et al. «Increased signaling of the Neanderthal growth hormone receptor». Current Biology 36 (2026). https://doi.org/10.1016/j.cub.2026.07.025
Carmody RN, Wrangham RW. The energetic significance of cooking. J Hum Evol. 2009 Oct;57(4):379-91. doi: 10.1016/j.jhevol.2009.02.011. Epub 2009 Sep 3. PMID: 19732938.
Sorensen MV, Leonard WR. Neandertal energetics and foraging efficiency. J Hum Evol. 2001 Jun;40(6):483-95. doi: 10.1006/jhev.2001.0472. PMID: 11371151.
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