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El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
Vivimos convencidos de que el suelo bajo nuestros pies es firme y de que hay cosas tan regulares que podemos confiar plenamente en ellas. Una de esas certezas es la duración del día: veinticuatro horas, ni más ni menos. Sin embargo, basta con observar nuestro planeta con suficiente precisión para descubrir que ninguna de esas dos ideas es del todo cierta. La Tierra se mueve, se deforma y redistribuye constantemente su masa, y su velocidad de rotación también experimenta pequeñas variaciones.
Los terremotos constituyen una espectacular demostración de que nuestro planeta sigue geológicamente activo. Cuando las rocas se desplazan bruscamente a lo largo de una falla, enormes cantidades de energía son liberadas y la distribución de la masa terrestre cambia. Y cuando cambia la distribución de la masa de un cuerpo que gira, también puede cambiar su velocidad de rotación.
Podemos comprenderlo imaginando a una patinadora sobre hielo. Cuando gira con los brazos extendidos y después los recoge hacia su cuerpo, aumenta su velocidad de giro. Si vuelve a extenderlos, gira más despacio. Con la Tierra sucede algo parecido: si una redistribución de masa acerca parte de ella al eje de rotación, el planeta puede girar ligeramente más deprisa; si la aleja, puede hacerlo más despacio.
El gigantesco terremoto ocurrido frente a Sumatra el 26 de diciembre de 2004 ofrece un extraordinario ejemplo. La ruptura que provocó aquel terremoto y el devastador tsunami posterior desplazó una cantidad inmensa de masa. Los primeros cálculos estimaron que aquella redistribución había acelerado ligeramente la rotación terrestre, acortando la duración del día alrededor de 2,7 microsegundos. Modelos posteriores, capaces de reconstruir mejor la compleja ruptura de la falla, elevaron la estimación hasta unos 6,8 microsegundos. Un microsegundo es una millonésima de segundo: una cantidad absolutamente imperceptible para nosotros.
Pero aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de la ciencia: revisar lo que creíamos saber. Hace más de veinte años, cuando Jorge Laborda escribió sobre aquel terremoto, afirmó que ese cambio se había podido medir. Hoy sabemos que es más preciso decir que fue calculado mediante modelos que reconstruyen cómo se desplazaron las masas durante el terremoto. La diferencia es importante y constituye un magnífico ejemplo de cómo el conocimiento científico se corrige y perfecciona con el tiempo.
Otros grandes terremotos también han dejado su diminuta huella en la rotación terrestre. El de Chile de 2010 habría acortado el día aproximadamente 1,3 microsegundos, mientras que el terremoto de Tōhoku, en Japón, en 2011 lo habría hecho alrededor de 1,8 microsegundos. No existe, sin embargo, una sencilla correspondencia entre la magnitud de un terremoto y el cambio producido en la duración del día. Importan también su profundidad, su latitud, la orientación de la falla y, sobre todo, cómo se redistribuye la masa.
Además, los terremotos no son los únicos responsables de que la Tierra acelere o frene ligeramente. Las mareas, los vientos, las corrientes oceánicas, los movimientos de la atmósfera, el agua almacenada sobre los continentes e incluso procesos que tienen lugar en el interior terrestre intercambian continuamente momento angular y modifican la rotación del planeta. Sus efectos pueden ser mucho mayores que los provocados por un terremoto concreto.
¿Cómo podemos detectar cambios tan pequeños? Los científicos observan objetos situados increíblemente lejos: los cuásares. Mediante una técnica denominada interferometría de muy larga base, radiotelescopios separados por miles de kilómetros registran sus señales y permiten determinar con extraordinaria precisión cómo está girando nuestro planeta. Estas observaciones se complementan con sistemas de navegación por satélite como GPS y Galileo y con otras técnicas de geodesia espacial.
En este episodio de Quilo de Ciencia, Jorge Laborda recupera un artículo escrito hace más de veinte años y lo contempla de nuevo a la luz del conocimiento actual. Una oportunidad para descubrir que los días no son tan idénticos como parecen, que un terremoto puede alterar incluso la rotación del planeta y, sobre todo, que una de las virtudes de la ciencia consiste en volver sobre sus propios pasos para corregir, matizar y comprender mejor.
Referencias:
Blog de Jorge Laborda: El día y el terremoto
Obras de Jorge Laborda
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