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El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
¿Alguna vez se ha preguntado cómo sabemos que otra persona tiene miedo? Basta observar su rostro para reconocer inmediatamente una expresión de terror. Los ojos muy abiertos, la mirada fija y la tensión facial nos advierten de que algo peligroso puede estar sucediendo. No necesitamos que nadie nos enseñe a interpretar esas señales. Nuestro cerebro parece estar preparado para reconocerlas de manera automática. Sin embargo, una extraordinaria paciente permitió descubrir que esta capacidad, aparentemente tan sencilla, depende de mecanismos cerebrales mucho más complejos de lo que imaginábamos.
En este nuevo episodio de Quilo de Ciencia, Jorge Laborda recupera un artículo que escribió en enero de 2005 y revisa los sorprendentes descubrimientos realizados durante los veintiún años transcurridos desde entonces. Una historia científica que comienza con una mujer incapaz de reconocer el miedo en los rostros ajenos y termina cuestionando algunas de nuestras ideas más arraigadas sobre cómo funciona esta emoción.
Una mujer que no reconocía el miedo
La protagonista de esta historia es una paciente conocida por las iniciales SM. Como consecuencia de una rara enfermedad, había perdido prácticamente las dos amígdalas cerebrales, unas pequeñas estructuras situadas en el interior del cerebro que desempeñan un papel fundamental en el procesamiento de las emociones.
Los investigadores descubrieron que SM podía reconocer expresiones de alegría, tristeza o dolor, pero tenía enormes dificultades para identificar el miedo. Cuando le mostraban fotografías de personas aterrorizadas, era incapaz de interpretar correctamente sus expresiones.
Lo más sorprendente era la causa de esta dificultad. SM no había perdido la capacidad de reconocer el miedo, sino que no dirigía espontáneamente la mirada hacia los ojos de las personas. En lugar de observarlos, concentraba su atención en la nariz y la boca, regiones que proporcionan menos información para identificar una expresión de terror.
Cuando los investigadores le pedían expresamente que mirase a los ojos de las fotografías, SM conseguía reconocer el miedo. Sin embargo, al dejar de recibir esa instrucción, volvía a mirar hacia otras regiones del rostro.
Este descubrimiento reveló que la amígdala no solo participa en el reconocimiento de las emociones, sino también en un proceso anterior y fundamental: dirigir automáticamente nuestra atención hacia las señales que necesitamos interpretar.
Los ojos como señales de alarma
La expresión facial del miedo tiene una larga historia evolutiva. Charles Darwin ya había sugerido que las expresiones emocionales podían funcionar como una forma primitiva de comunicación, capaz de advertir a nuestros semejantes de la existencia de peligros.
Cuando una persona siente miedo, sus ojos se abren y dejan visible una mayor superficie blanca, denominada esclerótica. Esta característica constituye una señal visual especialmente poderosa para quienes la observan.
Las investigaciones posteriores sobre SM confirmaron que su comportamiento no se limitaba a las fotografías. También durante las conversaciones con personas reales evitaba espontáneamente dirigir la mirada hacia los ojos.
Otros experimentos, realizados con personas sin lesiones cerebrales, demostraron que la actividad de la amígdala permite predecir cuándo nuestros ojos se desplazarán hacia los de alguien que muestra miedo.
Además, algunos niños con elevados rasgos psicopáticos, que presentan dificultades para reconocer esta emoción, mejoraban considerablemente cuando se les indicaba que mirasen directamente a los ojos de las personas fotografiadas.
Estos resultados reforzaron la idea de que reconocer una emoción no depende únicamente de interpretar correctamente la información, sino también de que nuestro cerebro dirija la atención hacia el lugar adecuado.
¿Es la amígdala el centro del miedo?
Durante años, los investigadores consideraron que la amígdala era una estructura esencial tanto para reconocer el miedo como para experimentarlo.
Sin embargo, las investigaciones posteriores demostraron que esta explicación resultaba demasiado sencilla.
SM, por ejemplo, podía reconocer el miedo expresado mediante los movimientos y las posturas corporales, aunque tuviera dificultades para identificarlo en los rostros. Además, algunos pacientes con lesiones restringidas a determinadas regiones de la amígdala mostraban justamente el comportamiento contrario: prestaban una atención extraordinaria a los ojos de las personas asustadas.
Estos hallazgos revelaron que la amígdala está formada por diferentes núcleos que participan en circuitos cerebrales complejos y que pueden desempeñar funciones distintas, incluso contrapuestas.
Su misión no consiste exclusivamente en detectar el miedo, sino también en identificar estímulos importantes para nuestra supervivencia y nuestras relaciones sociales, y orientar nuestra atención hacia ellos.
La sorprendente experiencia del pánico
La historia de SM todavía reservaba una sorpresa mayor.
Los investigadores decidieron averiguar si aquella mujer, que tenía tantas dificultades para reconocer el miedo ajeno, podía sentirlo ella misma.
La sometieron a experiencias que normalmente resultan aterradoras: visitas a una casa encantada, encuentros con serpientes y arañas vivas y películas de terror. Sin embargo, prácticamente nada consiguió asustarla.
Todo parecía confirmar que la amígdala era indispensable para experimentar miedo.
Hasta que los científicos realizaron un experimento inesperado.
Pidieron a SM y a otras dos personas con lesiones bilaterales de la amígdala que respiraran una mezcla de aire enriquecida con dióxido de carbono. El aumento de este gas provoca una intensa sensación de falta de aire y asfixia.
Los tres pacientes experimentaron auténticos ataques de pánico.
¿Cómo podían sentir un miedo tan intenso si carecían de las estructuras cerebrales consideradas esenciales para experimentarlo?
La respuesta apunta a la existencia de diferentes circuitos cerebrales para detectar amenazas externas e internas. Mientras que la amígdala participa especialmente en las respuestas a peligros procedentes del entorno, otras estructuras pueden desencadenar miedo ante señales originadas en nuestro propio organismo, como la sensación de asfixia.
El miedo, por tanto, no reside en un único lugar del cerebro.
Veintiún años de descubrimientos
La historia de SM demuestra cómo avanza el conocimiento científico. Lo que comenzó como una investigación sobre una paciente incapaz de reconocer expresiones de miedo terminó revelando una compleja red de mecanismos relacionados con la atención, la percepción, las emociones y las señales internas del organismo.
Hoy sabemos que el miedo está en los ojos, pero también en la amígdala, el tronco cerebral y numerosos circuitos neuronales que trabajan conjuntamente para protegernos.
En este episodio de Quilo de Ciencia, Jorge Laborda nos invita a recorrer veintiún años de investigaciones que han transformado nuestra comprensión de una de las emociones más importantes para la supervivencia.
Una fascinante historia que nos recuerda que, en ciencia, las respuestas más interesantes aparecen muchas veces cuando descubrimos que nuestras explicaciones eran demasiado sencillas.
Les invitamos a escuchar «Miedo en los ojos», con Jorge Laborda, en Quilo de Ciencia.
Referencias:
Blog de Jorge Laborda: Miedo en los ojos
Obras de Jorge Laborda
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