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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.
Los yacimientos de los esquistos de Burgess, en las Montañas Rocosas de Canadá, llevan más de un siglo suministrando nuevos ejemplares a los paleontólogos, y sorpresas al mundo de la ciencia. Uno de esos fósiles fue fotografiado en 1910 por el descubridor del yacimiento, el paleontólogo estadounidense Charles Doolittle Walcott, pero quedó en el olvido y no fue descrito hasta 1976, por el paleontólogo británico Simon Conway Morris, que le bautizó con el nombre de Nectocaris pteryx, que significa “camarón nadador con alas”.
La hiena gigante, Pachycrocuta brevirostris, vivió entre el Plioceno medio y el Pleistoceno medio, hace entre 3 millones y 500.000 años, y se extendió por Eurasia y el sur y el este de África. La hiena gigante medía un metro de altura en la cruz y pesaba más de 100 kilos. Era la mayor hiena conocida, y sus mandíbulas, las más fuertes de todos los carnívoros, eran capaces de fracturar huesos de elefante.
Bautizado con el nombre de Darwinopterus modularis, el darwinóptero vivió hace 160 millones de años. Era un animal del tamaño de un cuervo, de largas mandíbulas, dientes afilados y cuello flexible, de vuelo rápido, que cazaba otros animales voladores: pequeños mamíferos planeadores, dinosaurios emplumados antepasados de las aves, y otros pterosaurios.
El alca gigante, un ave marina incapaz de volar, semejante a los pingüinos, que habitaba en el Atlántico Norte, fue descrita por Carlos Linneo en 1758 con el nombre de Alca impennis que significa “Alca sin plumas de vuelo”. Se extinguió a mediados del siglo XIX debido a la caza excesiva a la que fue sometido por su carne, sus plumas y sus huevos.
El subsuelo de Madrid es muy rico en yacimientos paleontológicos con una antigüedad comprendida entre 17,5 y 13,8 millones de años. En aquella época, el clima era más cálido y seco que en la actualidad, y el paisaje estaba formado por un mosaico de sabanas secas, praderas húmedas y bosques abiertos. En un lago situado entonces en el oeste de Madrid se fueron acumulando a lo largo de los siglos los sedimentos en los que se han conservado los fósiles que nos permiten conocer la fauna de aquellos tiempos.
Los trilobites forman un grupo de invertebrados marinos muy diverso de la era Paleozoica. Los primeros trilobites presentes en el registro fósil datan de hace 526 millones de años, a comienzos del periodo Cámbrico. En ese momento, el grupo de los trilobites ya se ha diversificado y extendido por todo el mundo, por lo que se supone que su origen es mucho más antiguo, y quizá se remonte a hace más de 700 millones de años, aunque los restos de esos trilobites ancestrales no se han encontrado.
El nombre Coelophysis significa “forma hueca”, y hace referencia a los huesos del animal, huecos como los de las aves. Además, es el dinosaurio más antiguo que tiene fúrcula, el hueso en forma de horquilla, formado por la fusión de las dos clavículas, que poseen únicamente los dinosaurios y las aves. Coelophysis tiene el honor de ser el único dinosaurio que ha viajado al espacio: En 1988, el transbordador espacial Endeavour llevó un cráneo de Coelophysis a la Estación Espacial Mir.
El lobo marsupial o tilacino era un marsupial con aspecto de lobo; su nombre científico, Thylacinus cynocephalus, significa “marsupial de cabeza de perro”. Del tamaño de un perro grande, tenía el dorso, desde detrás de los hombros hasta la base de la cola, cruzado por una serie de bandas oscuras transversales. Desde el principio de la colonización inglesa de Tasmania, el lobo marsupial fue acusado de atacar al ganado. Tras una intensa campaña de exterminio, el último lobo marsupial murió en el zoo de Hobart en 1936. Ver un vídeo aquí
Los pelagornítidos, que volaron sobre los océanos de todo el mundo durante el periodo Terciario, hace entre sesenta y dos millones de años, fueron las mayores aves marinas que han existido. Eran aves planeadoras, con alas largas y estrechas, cuello largo y patas cortas, con los pies palmeados formados por tres dedos dirigidos hacia delante. El pico es largo y robusto, con un gancho en el extremo. A lo largo del cuello tienen un buche elástico parecido al de los pelícanos.
Los cocodrilos y las aves son los únicos representantes actuales del grupo de los arcosaurios, cuyos miembros extintos más conocidos son los dinosaurios. Pero durante el periodo Triásico, antes de que los dinosaurios se convirtieran en los vertebrados terrestres dominantes, existieron otros grupos de arcosaurios que también gozaron de cierto éxito evolutivo. Uno de esos grupos era el de los etosaurios, reptiles herbívoros acorazados emparentados con los cocodrilos, cuyo representante mejor conocido es Typothorax.
Durante mucho tiempo, se ha creído que los primeros mamíferos eran pequeños animales nocturnos, insignificantes, con aspecto de ratón o de musaraña, y que no fue hasta la extinción de los dinosaurios cuando se diversificaron en la multitud de formas actuales. En los últimos años se está desmintiendo esa imagen con nuevos descubrimientos que están desvelando una diversidad insospechada de mamíferos primitivos en tiempos tan antiguos como el Jurásico. Dos de esos mamíferos se han descubierto en el yacimiento de Daohugou, en la Región Autónoma de Mongolia Interior, en el nordeste de China.
¿Qué es un fósil viviente? Desde que Charles Darwin la acuñó en su libro El origen de las especies, la expresión ha arraigado en la imaginación popular. Un fósil viviente fascina porque sugiere que nos encontramos en presencia de un superviviente de tiempos remotos, un habitante del pasado trasladado a nuestra época. El celacanto, el ornitorrinco, el gingko, los tiburones, los escorpiones, las cucarachas… Todos ellos, y muchas otras especies y grupos se consideran fósiles vivientes. Pero, ¿qué queremos decir en realidad cuando decimos que un ser vivo es un fósil viviente?
En 2009, el equipo del paleontólogo chino Xu Xing publicó la descripción de una nueva especie de dinosaurio basada en un esqueleto incompleto descubierto en el yacimiento de Tiaojishan, en la provincia de Liaoning, en el nordeste de China. La especie, identificada en un principio como un antepasado de las aves más antiguo y más primitivo que Archaeopteryx, fue bautizada con el nombre de Anchiornis huxleyi.
En 1989, Josep Quintana, un joven estudiante de Geología, descubrió unos huesos fósiles en el noroeste de la isla de Menorca, cerca de Ciudadela. Los fósiles se encontraban en una pared rocosa junto a un pozo vertical comunicado con el mar, entre la punta Nati y la cala Es Pous. Meses más tarde, Quintana mostró los huesos a la paleontóloga alemana Meike Köhle y al antropólogo Salvador Moyà Solà, del Instituto Catalán de Paleontología. Köhle se dió cuenta de que eran huesos de conejo, pero de un conejo enorme y totalmente desconocido para la ciencia.
En el pasado ha existido un gran número de grupos diferentes de reptiles adaptados a la vida acuática; además de las tortugas y los cocodrilos, los más conocidos son los plesiosaurios y los ictiosaurios. Un grupo menos conocido es el de los placodontes o placodontos, llamados así por sus grandes dientes aplanados, con forma de placa, que cubrían todo el paladar. Hay un placodonte, catalogado como tal por diversos detalles de su anatomía, que carece sin embargo de los dientes característicos de sus parientes. Fue bautizado con el nombre de Henodus en 1936 por su descubridor, el paleontólogo alemán Friedrich von Huene.
Cuenta una leyenda siberiana que habita en la tundra una especie de rata o topo gigantesco que excava galerías bajo el suelo helado y provoca los terremotos con sus movimientos. Cuando este animal sale a la superficie y se expone a la luz del día, muere. Su nombre, mamantu, significa, “el que vive bajo tierra”. Desde tiempo inmemorial, los nativos han encontrado sus restos congelados en la tundra, y han comerciado con el marfil de sus enormes colmillos. Pero no se trata de topos ni de ratas; son restos de mamuts lanudos, parientes de los elefantes que habitaron en el pasado en el frío norte.
Argentavis magnificens (“ave argentina magnífica”), un ave de unos siete metros de envergadura y tan alta como un hombre, vivió en la Pampa argentina a finales del Mioceno, hace entre 8 y 6 millones de años. Su envergadura duplica la del albatros, la mayor entre las aves vivientes; su peso, estimado en setenta u ochenta kilos, cuadruplicaba el de la avutarda común, el ave voladora más pesada existente.
Cuando los europeos llegaron a las islas Mascareñas, en el siglo XVI, cinco especies de tortugas gigantes habitaban en ellas. Las tortugas fueron presa fácil para los colonos y los marinos que recalaban en las islas. Una tortuga podía sobrevivir más de tres meses en un barco sin comer ni beber, y proporcionaba una gran cantidad de carne y grasa de excelente calidad. Además, los cerdos introducidos en las islas por el hombre devoraban sus huevos, y los gatos cazaban las crías. Los últimos ejemplares de estas tortugas desaparecieron en el siglo XIX.
Hace trescientos setenta y cinco millones de años, a mediados del periodo Devónico superior, Australia, la India, la Antártida, África y Sudamérica formaban el continente llamado Gondwana, situado en el hemisferio sur del planeta. En los mares ecuatoriales frente a la costa norte de este continente, en lo que hoy es el noroeste de Australia, se extendía a lo largo de cientos de kilómetros una barrera de arrecifes tropicales, bastante diferentes de los arrecifes actuales, con una rica fauna de peces e invertebrados.
Hace unos sesenta y cinco millones de años, a finales del periodo Cretácico, los dinosaurios se habían extendido por todo el mundo y estaban en pleno apogeo. En los exuberantes bosques subtropiales del oeste de América del Norte, manadas de dinosaurios herbívoros vagan entre helechos, cícadas y coníferas; desde pequeños bípedos corredores hasta enormes dinosaurios cuadrúpedos. Había una gran variedad de dinosaurios carnívoros de tamaño medio, pero el depredador más grande de la región es sin duda el tiranosaurio, un dinosaurio bípedo de hasta cuatro metros de altura y casi trece metros de longitud, que pesa algo menos de siete toneladas.
Los tigres de dientes de sable del género Smilodon (“diente-cincel”) aparecieron hace unos dos millones y medio de años en América del Norte. El mayor félido de dientes de sable que conocemos es Smilodon populator, una criatura que podía pesar 500 kilos, armada con colmillos curvos y aserrados como cuchillos que podían alcanzar 30 centímetros de largo.
En 1871, en una excavación de huesos de moa en la ciénaga de Glenmark, en la región de Canterbury, en la isla Sur de Nueva Zelanda, aparecieron los restos de un águila enorme, desconocida para la ciencia. El águila de Haast es la mayor que conocemos, con un peso de quince kilos y una envergadura de hasta tres metros.
Desde finales de los años 70 del pasado siglo, se han descubierto en el norte de Italia los restos de tres especies de reptiles adaptados a la vida arborícola que vivieron durante el periodo Triásico, hace entre 250 y 200 millones de años, cuando la región era una zona costera salpicada de islas tropicales cubiertas de bosques. Estos reptiles, que han recibido los nombres de Drepanosaurus (“reptil-hoz”), Megalancosaurus (“reptil de largos brazos”) y Vallesaurus (“reptil de Valle”), forman un grupo de difícil clasificación, los simiosaurios o drepanosáuridos.
Aysheaia es el onicóforo más antiguo identificado con seguridad. Los onicóforos forman un grupo de animales invertebrados de cuerpo blando, con aspecto de oruga o ciempiés, que viven ambientes húmedos y oscuros de las regiones tropicales. Resulta sorprendente que, a pesar de que los onicóforos actuales son animales terrestres, y Aysheaia es un animal marino, su anatomía es prácticamente idéntica.
El megalodón era un enorme tiburón carnívoro de más de dieciséis metros de longitud y cincuenta toneladas de peso, el mayor tiburón que ha surcado los mares de nuestro planeta. Apareció hace unos dieciséis millones de años, a mediados del periodo Mioceno. La cabeza del megalodón es ancha y abombada, con el hocico corto, y alberga unas mandíbulas de más de dos metros de anchura, con unos 276 dientes de cuatro tipos diferentes, repartidos en cinco filas.
En 1924 George Olsen descubrió el esqueleto parcial de una nueva especie de dinosaurio que había quedado sepultado junto a unos nidos por una tormenta de arena, se supuso que el animal había asaltado el nido para alimentarse de los huevos. El año siguiente, Henry Fairfield Osborn bautizó a la nueva especie con el nombre de oviraptor (“ladrón de huevos”). Pronto se descubrió que el apelativo de “ladrón de huevos” era inmerecido o, al menos prematuro.
En 1963, dos paleontólogos estadounidenses, J. Wyatt Durham, de la Universidad de Berkeley, y K.E. Caster, de la Universidad de Cincinnati, publicaron en la prestigiosa revista Nature la descripción de Helicoplacus, primer representante de una nueva clase de equinodermos fósiles, el grupo que incluye a las estrellas y erizos de mar. Helicoplacus vivió en el periodo Cámbrico Inferior, hace unos 530 millones de años. Era un animal de cuerpo fusiforme, de pocos centímetros de longitud, con forma de peonza o de gota invertida.
En 1992 se descubrió en Venezuela un caparazón de tortuga de la especie Stupendemys (“galápago asombroso”) de 3,3 metros de largo y 2,18 de ancho, lo que corresponde a un animal de 5,25 metros de longitud y seis toneladas de peso. Hace 10 millones de años, la región estaba ocupada por un mar interior poco profundo de aguas cálidas, llamado mar de Pebas, en cuyas aguas vivían gigantescas tortugas y una gran variedad de cocodrilos. Se han encontrado caparazones de tortuga con marcas de los dientes de Purussaurus, el mayor de los cocodrilos, uno de ellos, con una herida de 60 centímetros, muestra signos de cicatrización, lo que significa que la tortuga, a pesar de haber perdido una pata y la cola, sobrevivió.
En 2002, los paleontólogos Eric Buffetaut, Dan Grigorescu y Zoltan Csiki publicaron el descubrimiento en Transilvania de una especie voladora gigante, Hatzegopteryx, que vivió hace 65 millones de años. Aunque sólo se han encontrado parte de un cráneo y de un húmero (y quizá un fragmento de fémur), del tamaño de los restos se ha estimado que Hatzegopteryx tenía unos doce metros de envergadura de alas. Era un animal cuadrúpedo, con un largo cuello y un enorme pico. Se alimentaba como una cigüeña, capturando pequeños dinosaurios y otras presas del suelo.
La cabra enana balear era un animal de sólo cincuenta centímetros de alzada y entre doce y quince kilos de peso que vivió en la isla de Mallorca. La cabeza, pequeña y con el hocico corto, recuerda a la del conejo, aunque estaba adornada con dos cuernos cortos y rectos, presentes en ambos sexos. Los ojos no estaban dirigidos hacia los lados, como en sus parientes actuales, sino hacia el frente. Tenía una joroba, sus patas eran cortas y una larga cola.
Dimetrodon era un reptil más próximo a los mamíferos que a los reptiles actuales que vivió hace entre 280 y 265 millones de años en el supercontinente de Pangea. Su nombre significa “dientes de dos tamaños”. Era un gran depredador, de tres metros y medio de longitud y más de doscientos kilos de peso. Su característica más sobresaliente era una gran vela dorsal, con perfil de campana, que se alzaba sobre su espalda, desde el cuello hasta el arranque de la cola.
El sinornitosaurio es un dinosaurio bípedo de un metro treinta de longitud y treinta kilos de peso, completamente cubierto de plumas. La cabeza es estrecha y alargada, con ojos grandes y dientes afilados. Las patas delanteras, relativamente largas y terminadas en tres dedos largos con garras curvas, le permiten trepar a los árboles, aunque también es un buen corredor, gracias a sus fuertes patas traseras. La cola es larga y bastante rígida, lo que le ayuda a mantener el equilibrio tanto en el suelo como en los árboles.
El megacero gigante (Megaloceros giganteus) es el cérvido más grande que ha existido. Parece un gran gamo con una joroba sobre los hombros que le sirve para almacenar reservas. Los machos, bastante más grandes que las hembras, tienen una alzada de más de dos metros, y pesan alrededor de setecientos kilos. Pero lo más imponente del animal es su inmensa cornamenta. Las astas, que sólo están presentes en los machos, son palmeadas, pesan cerca de cuarenta kilos, y miden más de tres metros y medio de punta a punta.
El paquicefalosaurio (Pachycephalosaurus wyomingensis, “reptil de cabeza gruesa de Wyoming”) era un dinosaurio bípedo de unos cuatro metros y medio de longitud y dos toneladas de peso. Su característica más llamativa era el casco de hueso macizo, de hasta veinticinco centímetros de grosor, que formaba una especie de cúpula semiesférica en el techo del cráneo. El cuello era fuerte y corto; el cuerpo, aunque semejante al de otros dinosaurios bípedos, era más rechoncho; los brazos eran cortos; las patas, largas y fuertes; y la cola, gruesa y rígida, le servía de contrapeso para guardar el equilibrio.
Suminia era un animal herbívoro, de medio metro de longitud, con ojos grandes y dientes prominentes en una cabeza redondeada, cuello largo y grueso, cuerpo esbelto, patas largas y cola larga y musculosa. Las manos eran muy grandes; representaban el 40% de la longitud total de los brazos. Los dedos de las cuatro extremidades, largos, finos y curvados, con el pulgar oponible, le permitían trepar a los árboles.
El dodo era un ave de color terroso y del tamaño de un pavo; medía unos 70 centímetros de altura y cerca de un metro de largo, y pesaba entre 13 y 20 kilogramos. La cabeza del dodo, dotada de un largo pico ganchudo, medía unos 25 centímetros de longitud, y presentaba una coloración más oscura, igual que el cuello, corto y erecto.
Tanystropheus vivía en las costas de un mar interior llamado mar de Tetis, que ocupaba lo que hoy es el sur de Europa. Era un reptil con el cuello muy largo, medía tres metros, la mitad de la longitud total del animal, y sin embargo estaba formado por sólo doce largas vértebras, que además estaban unidas unas a otras mediante costillas cervicales
En 1993, el paleontólogo estadounidense Tim White descubrió en el desierto de Afar, en el nordeste de Etiopía, unas mandíbulas fósiles pertenecientes a homínidos de más de cuatro millones de años de antigüedad, que bautizó con el nombre de Ardipithecus. Tras una minuciosa excavación del yacimiento, se han descubierto a lo largo de los años los huesos de al menos 36 ejemplares del antepasado más antiguo del hombre desde que su linaje se separó del chimpancé.
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